El lenguaje plástico de la nueva generación
La pasión exhuberante
Alejandro Obregón nació en 1920, en Barcelona, España,
adonde su padre, colombiano, se había trasladado temporalmente. Su
infancia transcurrió en Barranquilla (Colombia) y Liverpool (Inglaterra).
En 1939 uno lo encuentra estudiando bellas artes en Boston. Al año
siguiente regresaría a Barcelona, como Vice-cónsul de Colombia,
hasta 1944. De nuevo en Santafé de Bogotá en 1948, fue nombrado
Director de la Escuela de Bellas Artes. En dicha posición se mantuvo
escasamente un año, aunque la semilla de cambio que allí logró
plantar se enraizó rápidamente. Al año siguiente, Obregón
se marchó a Alba, cerca de Avignon (Francia), donde permanecería
hasta 1955. Para este año, al cual pertenece Bodegón en
Amarillo, el estilo de Obregón estaría perfectamente definido,
y poseería los elementos formales que le caracterizarían hasta
su muerte en 1992.
Obregón es fundamentalmente un pintor. En su obra la composición
usualmente es definida sobre la superficie por el uso de la horizontal,
dividiendo el plano en dos áreas de diferente valor pictórico
o tamaño, pero idéntica intensidad visual. Contra ellas se
articulan los demás elementos. El color juega un papel fundamental
en la integración de ingeniosas estructuras, en un comienzo marcadamente
geométricas y más adelante controladamente expresionistas.
El historiador colombiano Eugenio Barney llegó inclusive a hablar
de "períodos" en la obra de Obregón como en
Picasso caracterizándolos por la armonía de color dominante.
Sin duda, la presencia del genio de Málaga está allí,
y también la del inglés Graham Sutherland, si bien son utilizadas
como comienzos y no como llegadas.
Con su gran sensibilidad, la cual impresionaba cuando se le conocía,
Obregón logró desarrollar un sistema pictográfico de
su propia invención, con una personal simbología formal y
cromática. Este sistema alcanzó en los años sesenta
un nivel de excelencia que difícilmente podría superar posteriormente.
Ello fue suficiente no obstante para que, en la IX Bienal de São
Paulo, donde Obregón representó a Colombia con una sala especial,
el jurado internacional le concediese el Gran Premio Latinoamericano Francisco
Matarazzo Sobrinho.
Por espacio de cuatro décadas y a través de numerosas etapas,
si bien algunas más brillantes que otras, Obregón iría
lentamente incorporando en su pintura toda una serie de temáticas
que, trascendiendo lo literario, elaborarían con su abecedario visual
una fraseología plástica, cuyos significados, ensamblados
con sorprendente habilidad, identificarían inequívocamente
a Colombia. Desde sus Bodegones de los años cincuenta hasta sus evocaciones
del cielo, el mar, y las murallas de Cartagena de Indias, donde vivió
y trabajó en sus últimos años, la pintura de Obregón
hablaría para siempre de sus coqueteos de aventura con la geografía,
de la fauna y la flora acuática y terrestre, del amor a la familia
y la pasión por la mujer, de la poesía y la tragedia, de la
vida y la muerte, de la lealtad y la amistad, y, en última instancia,
de la grandeza de la vida y su futilidad en medio de la insignificancia
cósmica.
Su pintura habla también, por qué no, de los eventos de
la vida diaria del país, atrapado como casi todos en América
Latina entre los fuegos cruzados de la Guerra Fría. Su pintura Estudiante
Muerto (conocida también como El Velorio), obra realizada
en alusión a los desmanes de la Dictadura, mereció en 1956,
en Nueva York, el Premio Guggenheim por Colombia; y en el mismo año,
su Ganado Ahogándose en el Río Magdalena fue distinguido
con el primer premio en The Gulf Caribbean Competition, en Houston, concurso
en el cual encontramos también la presencia de Enrique Grau, Edgar
Negret y Eduardo Ramírez Villamizar. |