El presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Enrique V. Iglesias, al inaugurar hoy la cuadragésima primera Reunión Anual del BID en Nueva Orleans, propuso una serie de ambiciosas metas para el progreso de América Latina y el Caribe durante esta nueva década.
Los objetivos enumerados por el titular del BID como los más apremiantes fueron:
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reducir a la mitad el nivel de pobreza prevaleciente en la región, de 40 por ciento de su población a 20 por ciento
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duplicar la tasa de crecimiento económico regional, a un mínimo del seis por ciento anual
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asegurar que todos los niños que hoy están en el primer grado completen 11 años de estudios
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expandir y diversificar las exportaciones, que durante la década pasada crecieron a tasas inferiores a las importaciones, magnificando la vulnerabilidad externa de la región
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profundizar la integración económica regional y extenderla a mecanismos de cooperación para contrarrestar el efecto de contagio de crisis financieras o recesiones en otras partes del mundo
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reducir el desempleo, la principal fuente que nutre la pobreza, la desigualdad en la distribución del ingreso, la frustración y la pérdida de tolerancia social y política
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profundizar la reforma del Estado para combatir la corrupción y la ineficiencia de sus instituciones, causal de gran parte del retraso económico de la región
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reducir el nivel de la violencia y la inseguridad ciudadana, cuyos costos económicos son tanto o más severos que factores como la escasez de crédito o la inestabilidad política
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acelerar el acceso popular a nuevas tecnologías como el Internet, que le ofrecen a la región un atajo para ponerse al día en materia de desarrollo informático.
"Estos son los pilares de una utopía realizable: una América Latina que conjuga la prosperidad económica con la justicia social y la democracia en el contexto globalizado del mundo moderno", dijo Iglesias en su discurso ante los gobernadores de los 46 países miembros del BID.
Además de ilustrar cada una de esas metas, el presidente del BID realizó un pormenorizado balance de las reformas encaradas por los países prestatarios durante los años noventa, donde destacó como notables logros el abatimiento de la alta inflación, la apertura de los mercados y la incorporación del sector privado como motor del crecimiento. Asimismo marcó las severas limitaciones que evidenciaron en algunos casos las políticas del llamado Consenso de
Washington, a veces a altísimos costos sociales: en la actualidad, aún a pesar de las reformas, uno de cada tres latinoamericanos es pobre y la región detenta la distribución de ingresos más sesgada del mundo.
A la luz de esa evaluación, Iglesias preguntó si acaso no sería necesario buscar un nuevo paradigma que mejore la calidad del desarrollo y logre un equilibrio entre las principales metas de la política económica, el empleo, el crecimiento y la estabilidad de precios.
"La experiencia general respalda la tesis de que la consecución simultánea de ese conjunto de objetivos fundamentales es ahora viable y que los distintos objetivos, lejos de ser excluyentes entre sí, más bien se refuerzan mutuamente en su efectividad y se construyen como una nueva etapa en las políticas económicas de los años noventa", afirmó.
Iglesias subrayó el peligro que implican para la estabilidad política y económica de la región la persistencia de lacras sociales como la desigualdad, la indigencia, el desempleo, la violencia, la ineficiencia y la corrupción, que alimentan las frustraciones de sus habitantes en el funcionamiento de la democracia.
"Impedir que esa sensación de malestar se extienda es crucial ya que ella puede derivar en una erosión del apoyo hacia las bases mismas del sistema", advirtió.
En ese sentido, el presidente del BID destacó la importancia de consolidar los sistemas políticos democráticos mediante profundas reformas para mejorar la eficiencia de sus instituciones, ya sean ejecutivas, legislativas, judiciales o regulatorias.
"Debemos eliminar todo riesgo de regreso a formas autoritarias y a la crónica inestabilidad política. El éxito de una economía de mercado, a largo plazo, depende de un sostenido esfuerzo de ahorro e inversión. Nuestros países no generarán el ahorro necesario, ni atraerán los flujos de capital y tecnología tan indispensables en este mundo globalizado sin un horizonte de estabilidad y seguridad jurídica y política de largo plazo", aseveró Iglesias.
"Ese horizonte de estabilidad y seguridad solamente es posible en un sistema democrático consolidado, en el cual no aguarde, a la vuelta de cada esquina, una redefinición radical del poder y de las reglas de juego", agregó.
Por otra parte, Iglesias esbozó el papel que podría desempeñar el Banco durante la próxima década, capitalizando sus ventajas comparativas con relación a otras instituciones financieras y las experiencias acumuladas tras cuatro décadas de operaciones.
El BID debe estar preparado para responder a demandas cambiantes y difíciles de anticipar de parte de sus países prestatarios, que buscan aprovechar las oportunidades emergentes de la globalización y evitar sus riesgos.
La estrategia institucional del Banco en su relación con los países se basaría en cuatro grandes vectores: las reformas sociales, el fomento del crecimiento económico sostenible, la modernización del Estado y un apoyo renovado a la integración de la región. |