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Por ROGER HAMILTON, Flores, Guatemala
En todo el mundo hay unas 8.000 reservas designadas para proteger ecosistemas naturales. Una de las más conocidas es el Parque Nacional Yellowstone, en Estados Unidos, un extraordinario paraje de arroyos cristalinos donde se controla ciudadosamente el impacto humano. Pero como casi todas las áreas protegidas, Yellowstone es ahora una comarca asediada. Los criadores de ovejas se oponen a reintroducir lobos en el parque, los ganaderos matan a los búfalos que pastan fuera del predio fiscal y la presencia humana en torno a su perímetro crece permanentemente. Si hay problemas en Yellowstone, ¿qué le espera al bosque del Petén en Guatemala? Esta vasta selva que alberga una impresionante flora y fauna, muchas de cuyas especies no se encuentran en otras partes del mundo, es ejemplo de los diversos problemas para preservar la biodiversidad en los trópicos. En teoría muchas de sus zonas clave han sido designadas para ser protegidas. La mayor es la Reserva Biosférica Maya, de 15.553 kilómetros cuadrados. Pero la protección es débil o inexistente y el bullicio de pájaros y monos está siendo crecientemente sustituido por el rugir de sierras eléctricas. La biodiversidad del Petén enfrenta otro problema. Después de tres décadas de guerra civil, Guatemala está tomando medidas vigorosas para forjar una paz duradera y construir una sociedad democrática. Los ex-combatientes han cambiado sus armas por arados y deben encontrar tierra para sembrar y alimentar a sus familias. No queda lugar en las tierras altas y ven al escasamente habitado Petén como una tierra de oportunidad. Incluso antes de que llegara la reciente ola de colonos, el bosque estaba siendo convertido en humo a razón de 75.000 hectáreas por año. Su población aumentaba a una tasa anual de más de nueve por ciento, mucho más que el promedio nacional. Podría parecer que el Petén se encamina hacia el mismo destino que han corrido tantos otros bosques tropicales. Pero un grupo de gente decidida se ha propuesto demostrar lo contrario. Creen que como repositorio de riquezas biológicas y culturales el Petén tiene el potencial económico para adquirir su propia protección. Una parcela de bosque cercana al pueblo de Cruce A Dos Aguadas sintetiza claramente lo que el Petén tiene a su favor. Luis Felipe López aparta una cortina de enredaderas y hojas de palma y deposita una bolsa llena de lo que llama "productos botánicos". Estas hojas, vainas y otros retazos forestales cuidadosamente elegidos constituyen la materia prima para elaborar potpurrí, una mezcla aromática que se vende en Nueva York y Londres. Otras comunidades refuerzan sus ingresos recolectando y vendiendo especias, chicle para hacer goma de mascar, hojas para arreglos florales y nueces de palma para exprimir su aceite. López y sus acompañantes se congregan frente a una pequeña y extraña colina con empinadas laderas arboladas. Bajo el delgado suelo se oculta otro patrimonio del bosque, inexplorado pero potencialmente valioso: una antigua pirámide maya. Es parte de un templo, uno de los centenares que existen en todo el Petén, una base potencial para expandir la industria del turismo. La civilización maya que construyó ese edificio floreció aquí durante siglos y después desapareció, aparentemente víctima de un colapso social y ecológico. La selva del Petén no debe correr la misma suerte. Uno de los que trabajan para asegurar que eso no ocurra es Marco Palacios, director de Proselva, un proyecto de desarrollo sostenible que ha recibido 19,8 millones de dólares en fondos del BID. Palacios no está aislado en una torre de marfil. Trabaja en un modesto edificio de paredes pintadas con cal en Santa Elena, una polvorienta localidad donde acaba de reunirse con un grupo de residentes que tienen una disputa con un gran terrateniente. "No tiene nada que ver con Proselva", explica. "Pero trato de ayudar con estas cosas y tal vez la gente haga algo por nosotros después". Entusiasta y optimista, Palacios necesitará todas sus habilidades para llevar a cabo la tarea que le han asignado: forjar un pacto entre los residentes del Petén y sus recursos naturales y arqueológicos, en un ambiente volátil de rápido cambio social. El plan de Proselva es que la gente tenga un interés propio en la selva. Una forma de hacerlo es legalizar la propiedad de los terrenos ocupados por unas 4.500 familias que se han afincado en la zona contigua a la Reserva Biosférica Maya. De tal modo, tendrán el derecho de participar en las decisiones concernientes al uso de la tierra, como también el incentivo de administrar sus recursos de manera sostenible. El nuevo programa está ayudando también a abrir nuevas fuentes de recursos, tales como el turismo. Proselva desarrollará sitios arqueológicos y ayudará a las comunidades locales a ofrecer infraestructura turística. Otra fuente es la agricultura. El programa está financiando proyectos piloto para demostrar cómo la diversificación de la producción puede aumentar los ingresos. "En el Petén todos siembran maíz porque esa es su cultura", dice Palacios. Pero aunque el maíz es necesario para la subsistencia, sembrar hortalizas para vender en los mercados puede rendirles un ingreso cinco veces mayor, explica. "La preservación sólo es posible si la gente tiene formas alternativas de ganarse la vida", agrega. "Tenemos que relegar a los museos la idea de la preservación por la preservación misma". En última instancia, es la gente la que tendrá que decidir. "Ellos son los que en definitiva tienen que administrar los recursos", señala. "En esta volátil y difícil situación, ellos deben proveer las soluciones". En las escuelas de todo el Petén agricultores, maestros, alcaldes y ganaderos se están reuniendo con funcionarios de Proselva para averiguar cómo pueden contribuir a dar forma al nuevo programa. Cada persona trae consigo sus propios intereses, pero en el intercambio de opiniones la mayoría acaba identificándose con una causa común. Esa evolución voluntaria del interés individual al colectivo es una fuente de inspiración para Palacios. "Es un proceso que le pone a uno la piel de gallina", asegura. Dado el valor del petén y su precaria situación, no sorprende el número de organizaciones no gubernamentales en actividad allí. De hecho, en Flores, a corta distancia de la sede de Proselva, hay una sección conocida informalmente como "la calle de las ONG". Una de ellas es ProPetén, administrada por Conservation International, que busca hacer del desarrollo sostenible una realidad. ProPetén trabaja con comunidades para establecer microempresas que recolecten y vendan productos no madereros del bosque. Su estrategia es participar inicialmente como socia, ayudando a financiar instalaciones para producción y a establecer mercados. Después, una vez que el negocio está en marcha, vende su participación y el negocio se financia con créditos. Una de esas microempresas es la cooperativa de potpurris en Cruce A Dos Aguadas. En uno de sus edificios, un grupo de mujeres trabaja en torno a una bandeja rotativa dividida en compartimientos. Cada uno contiene un tipo y color de especies botánicas que las mujeres hábilmente mezclan para preparar el producto final. Aunque es una pequeña operación, los potpurris se han vuelto una fuente de ingreso adicional muy bienvenida para las 10 personas que trabajan en el centro de procesamiento y las 30 que recolectan los especímenes botánicos. Alrededor de 70 por ciento de los empleados son mujeres. La cooperativa vendió 10.000 potpurris por más de 36.000 dólares entre 1995 y 1996, dice Marvin Segura, gerente de negocios de ProPetén. No muy lejos de allí, miembros de otra cooperativa trabajan para convertir otro producto natural en una fuente de ingresos. Manuel de Jesús Santamaría y varios vecinos de la comunidad de La Máquina embolsan frutos de palma del tamaño de una nuez. Estas palmas necesitan espacio y luz para producir más, explica Santamaría. De manera que obtuvo permiso de terratenientes de la zona para recolectar los frutos de sus propiedades. Santamaría elige un fruto, abre su cáscara golpeándola con una piedra y ofrece su pulpa blanca. Tiene el gusto de coco, sólo que es más aceitosa. El grupo de La Máquina inicialmente vendía su aceite de nueces a una empresa de jabones de Estados Unidos que pagaba por encima del precio de mercado como una forma de subsidiar una actividad ambientalmente deseable. Cuando quedó en claro que el aceite tenía un verdadero futuro comercial, el comité decidió aumentar la producción, comprando maquinaria que le permitiría procesar hasta 40 toneladas de nueces mensuales, de las que podría extraer 20 toneladas de aceite. Había llegado el momento de que ProPetén redujera su participación, para convertir al comité en una cooperativa y para pedir un crédito. Con un préstamo de 50.000 dólares del Fondo Maya, un fondo administrado por ProPetén, la cooperativa construyó un centro de producción. Al director de ProPetén, Carlos Sosa, lo alientan esas historias. Pero su entusiasmo se ve moderado por el realismo. En particular, a Sosa le inquieta que el flujo de nuevos colonos al Petén pONGa en peligro los frágiles logros que su organización ha concretado. "Antes podíamos definir proyectos por comunidades", explica. "Pero en los últimos dos años, tan sólo en la Sierra del Tigre se han establecido 10 nuevas comunidades". "Ellos la consideran tierra de nadie, donde cualquiera puede ir y hacer lo que quiera. Usan lo que necesitan. ¿De dónde vamos a sacar recursos para atender a esa gente?". Sosa no tiene respuestas. Reconoce lo difícil que es construir la paz y crear una democracia en un contexto tan delicado y altamente politizado. El mejor curso de acción para una ONG como ProPetén es dejar las decisiones en manos de las comunidades. Pero los retrocesos pueden ser serios y trágicos. El año pasado Sosa tuvo que dar un discurso en el funeral de un dirigente comunitario que fue asesinado. "Tenemos que olvidarnos por ahora de la idea de un parque nacional, donde no se pueda tocar una hoja o coger una fruta", dijo Sosa. "Ahora más que nunca preservar significa trabajar con la gente. La gente tiene que asumir la propiedad".
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