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Michoacán
Aquí la tradición es cambio
Con un ojo en el producto y el otro en el mercado




René Carrillo abre un sobre y saca un gastado fajo de billetes. "Nueve mil cuatrocientos un pesos", dice. Es parte de otro día de labor en la sede del Fondo Mixto para el Fomento Industrial de Michoacán (FOMICH) en Morelia, México. El dinero fue traído por un par de trabajadores que han pasado el día visitando artesanos, analizando solicitudes de crédito y recibiendo amortizaciones de préstamos.

El afable Carrillo, con aspecto de actor de cine italiano, dirige el fondo desde hace 10 años. La organización ha ayudado a miles de artesanos de todo el estado de Michoacán, ofreciéndoles el crédito que necesitan. Carrillo y el FOMICH son hoy una presencia local permanente, como los impresionantes edificios de piedra de Morelia, sus campos verdes y dorados y sus lagos ribeteados de cañaverales.

Cuando Carrillo visita talleres y mercados la gente lo saluda usando el honorífico "arquitecto". Con el correr de los años Carrillo y el FOMICH han adquirido un conocimiento enciclopédico de la industria artesanal y han desarrollado estrechos vínculos con la gente que la produce.

Aunque los artesanos sean la más pequeña de las unidades productivas, como grupo hacen un considerable aporte a la economía de México. Un 15 por ciento de la población recurre a la producción de artesanías al menos como una fuente complementaria de ingresos.

Carrillo calcula que en Michoacán se producen artesanías en unas 200 comunidades y 117 de ellas se valen del programa de crédito de FOMICH. Los préstamos se hacen mediante un fondo renovable financiado originalmente por el BID en 1986. Desde entonces, gracias a la alta tasa de pago y a una cuidadosa administración, el fondo original ha rotado más de 10 veces.

El FOMICH ayuda a los artesanos y, de paso, preserva una notable tradición artística. Se estima que en todo el país se producen unos 10.000 tipos diferentes de artesanías de gran calidad. El estado de Michoacán, al oeste de Ciudad de México, tiene la mayor profusión. En muchos casos, los estilos y técnicas datan de siglos atrás.

Las tradiciones han pasado de generación en generación, siempre cambiando y evolu-cionando, cada artesano agregando su toque especial. El resultado es un legado técnico y estético enraizado en el pasado, pero enteramente vivo. "Un artesano mexicano nunca hace dos veces lo mismo", sintetiza un alfarero.

Pero si la artesanía cambia, mucho más cambia el mundo. Aun en las aldeas más remotas, los artesanos sienten los efectos de la globalización de las comunicaciones, del comercio y hasta de la fuerza laboral. Necesitan iniciativa y capacidad de adaptación para sobrevivir.

Nuevos diseños

Como otros ceramistas de la ciudad de Capula, Alfredo Martínez mantiene un ojo en el horno de producción y otro en el mercado. Aunque usa motivos tradicionales que heredó de su suegro, Martínez adopta con entusiasmo nuevos diseños que le sugieren los dueños de las tiendas que venden sus obras. Hasta está dispuesto a no poner su nombre en una pieza y facilitar así su venta en otra ciudad como producción local.

En sus 20 años en el negocio de la cerámica, Martínez ha visto buenos y malos tiempos. Está agradecido a la FOMICH por los créditos que empleó para comprar arcilla, barniz y madera para su horno, y espera que sus cuatro niños puedan seguir sus pasos. "Sólo podrán si hay mercado", dice.

Cambiar es también la tradición en el taller de Enrique Piñón, ganador de muchas competencias de artesanía. Mientras Piñón exhibe su flamante horno eléctrico, que adquirió con crédito de la FOMICH, su hijo de 15 años aplica cuidadosamente pequeños puntitos en un plato, empleando un pincel casero de cola de ardilla.

Piñón dirige además la orquesta de la comunidad, una segunda vocación de la que parece enorgullecerse tanto como de su habilidad artesanal. "Cerámica y música", apunta, "son dos cosas que demandan disciplina y talento".

Casi todos los talleres que reciben créditos de FOMICH son operaciones familiares. Particularmente en el caso de ceramistas, mueblistas y artesanos del metal, el padre suele ser el patrón y sus hijos los aprendices. La esposa a menudo se encarga de las ventas y de más tareas adicionales que las que se le suelen reconocer en público.

Pero ¿puede un taller familiar sobrevivir en una economía mundial que demanda grandes cantidades de productos uniformes? Carrillo sabe de las dificultades de conciliar eficiencia y el libre espíritu artístico, particularmente en una sociedad tan individualista y centrada en la familia como la mexicana.

"Me cuesta mucho imaginar a un artesano trabajando de nueve a cinco en una fábrica, o incluso a tres o cuatro familias trabajando juntas en una cooperativa", dice. Aunque los artesanos estén dispuestos a cambiar lo que hacen, Carrillo no cree que vayan a cambiar radicalmente la forma en que lo hacen.

"Si usted quiere ayudar a los artesanos", agrega, "deles apoyo en cuanto a información del mercado y coordinación de la producción. Pero déjelos que continúen creando por su cuenta".

No obstante, Carrillo cita varios ejemplos de buena cooperación entre artesanos. La FOMICH les ayuda a concertar unidos compras de materiales básicos, como cobre y láminas de oro. En una ocasión, el FOMICH ayudó a varios ceramistas a comprar un molino para mezclar arcilla, aliviándolos de la tediosa tarea de hacerlo a mano.

Mano de obra intensiva

Como defensor de la empresa familiar, el FOMICH debe responder a quienes critican la aparente ineficiencia de dar pequeños créditos a productores individuales. ¿Por qué no dar créditos más grandes a un número menor de firmas grandes?, preguntan los críticos. Además, ¿qué puede hacer un artesano con un crédito de sólo 400 pesos?

"Lo que hace es comprar los materiales que necesita para mantenerse en producción por tres meses", explica Carrillo.

Pero los críticos tienen razón en un sentido: dar pequeños préstamos a un gran número de individuos requiere mucho trabajo, mucho más de lo que el FOMICH imaginó cuando inició sus operaciones en 1986. Durante sus primeros años, daba préstamos y aguardaba el pago que a menudo no llegaba. Resultó que sus clientes no podían o no querían viajar hasta Morelia. De manera que el FOMICH decidió acercarse a sus clientes, visitando mensualmente las pequeñas localidades donde residen. "Visitamos las comunidades y predicamos la importancia de pagar los créditos", relata Carrillo. "Somos firmes pero respetuosos".

Al fin casi todos los artesanos pagan, afirma Carrillo, aun si lo hacen seis meses tarde. "Puede que estén técnicamente en mora, pero en realidad su negocio tiene un ciclo propio, establecido por cosas como la siembra, la cosecha, los festivales", explica. "El que inventó la idea de pagos mensuales no sabía de artesanos y de desarrollo rural".

Saber que los fondos para los créditos vienen del BID es un incentivo para que los artesanos cumplan con sus pagos. Lo mismo ocurre con el FOMICH. Carrillo paga religiosamente al BID capital e intereses por el préstamo cada 8 de mayo y 8 de noviembre, y asegura que seguirá haciéndolo hasta la última cuota, en el año 2007.

Conocer a los clientes

Este tipo de operación de crédito es trabajosa y de alto costo, pero también pone al FOMICH en contacto con sus clientes hasta un punto que es desusado para un ente del gobierno.

Por ejemplo, cuando un analista de crédito se incorpora al FOMICH, lo primero que hace es pasar de tres a seis semanas viviendo en diferentes comunidades. "Llego a conocerlos y ellos llegan a conocerme", dice Rafael Gochi, uno de esos analistas.

Gochi aprendió, por ejemplo, que a menudo los artesanos piden automáticamente el máximo monto de crédito permitido. Pero las verdaderas necesidades varían mucho. Los artesanos que necesitan más crédito son los que usan láminas de oro o de cobre, o los que hacen instrumentos musicales que requieren maderas importadas especiales. La mueblería también demanda mucho capital, especialmente en la estación de lluvias, cuando no se puede dejar al aire libre la madera recién cortada. Las actividades que necesitan menos crédito son las que usan hilo de algodón, caña y fibras sintéticas.

Los analistas aprenden también a respetar la estrategia que siguen los artesanos para su supervivencia económica. Si un ceramista puede vender 300 piezas al mes, no se lo puede persuadir a que adquiera equipos que le permitirían aumentar al doble su producción. Sabe que estará sin hacer nada la mitad del tiempo o que tendrá que encontrar un lugar para almacenar las 300 piezas sin vender.

La principal preocupación no es aumentar la producción, sino mantener bajos los costos, señala Gochi. Por ejemplo, un horno a gas es mucho más eficiente que uno a leña, lento y variable. Pero si el ceramista puede comprar sobrantes de madera baratos de un mueblista vecino, preferirá el horno tradicional.

Pese a sus talentos y obvia devoción a sus oficios, los artesanos nuenca pierden de vista lo más básico: ganarse la vida. Pero aunque están dispuestos a adaptarse a la demanda del mercado, sus esfuerzos a menudo son insuficientes. "Son maravillosos produciendo, pero no saben mucho del mercado", apunta Carrillo.

Las estrategias de mercadeo son a menudo primitivas. En los peores casos, como en las comunidades menos desarrolladas de Michoacán, situadas en la costa del Pacífico, el artesano lleva sus productos hasta la vera del camino y aguarda el paso de un camión. "Cuando un chofer se detiene y le pregunta ¿'para dónde va'?, el artesano le replica ‘para donde usted vaya'", relata Carrillo.

En otros casos, el artesano carga su saco de productos y va a alguna ciudad próxima. Allí se sienta a vender, a menudo molestado por la policía, pasando hambre y durmiendo al aire libre. Al cuarto día baja los precios y al quinto está casi regalando sus productos.

La comercialización es el verdadero desafío para los artesanos, un ring donde los cambios son dirigidos por fuerzas impersonales que determinan quién pierde y quién gana.

Carrillo está convencido de que los artesanos necesitan mucho apoyo en este sentido y alaba un nuevo proyecto que financia el BID.


Productos refinados

El nuevo proyecto, a cargo de la Asociación Mexicana de Artes y Culturas Populares (AMACUP), está desarrollando nuevos productos mediante la revitalización de técnicas tradicionales, al tiempo que ayuda a sectores necesitados y protege el medio ambiente.

El enfoque adoptado por AMACUP se ve sintetizado en un chaleco bordado que exhibe en su oficina de Washington, D.C. la coordinadora del BID para México, Margaret Hagen-Wood. Cuidadosamente bordado a mano por mujeres de una remota comunidad en Oaxaca, guarda poca semejanza con los tradicionales colores e imágenes de animales, características de la región. En cambio, las mujeres usaron su tradicional pericia técnica y artística para producir un producto refinado de tonalidades suaves y diseños discretos. Lejos de ser una artesanía, el chaleco estaría más a tono en una elegante boutique de Milán o Nueva York.

"Muestra el mismo sentido innato de diseño y color que las artesanías tradicionales", dice Hagen-Wood. "Pero está confeccionado para un mercado diferente".

Ella cree que los artesanos mexicanos tienen buenas perspectivas de aumentar sus ventas en el exterior, particularmente con el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte y la devaluación del peso mexicano. "Pero la industria artesanal sólo puede competir si entiende el mercado y se adapta a sus demandas", advierte.

La globalización del mercado artesanal ya se hace sentir en Michoacán. En Morelia, en una oficina situada en una calle lateral, sobre un galpón colmado de artesanías, José Gómez García se muestra preocupado por sus competidores, pero no de otra empresa de la ciudad ni de un estado vecino, sino de Africa.

"Nuestros compradores europeos dicen que pueden comprar cerámica muy barata de Marruecos", relata Gómez, experto en mercadeo de la Unión Regional de Artesanos de Michoacán. La competencia en términos de precio no es su única inquietud. Para el mercado de Estados Unidos, el tema es la cantidad. "Me dijeron que necesitaban 100.000 tazas en tres meses", informa. "Para producir eso, nuestros artesanos tendrían que abandonar completamente todo lo otro que están haciendo".

Gracias a instituciones como el FOMICH y el BID, los artesanos aprenderán a adaptarse a las nuevas realidades económicas al tiempo que siguen los dictados de su creatividad, como en el caso de Mario Báez Ponce, de Pátzcuaro.

"El artesano tiene que amar su trabajo", dice Báez, levantando la vista de una bandeja de laca negra en la que está aplicando lámina de oro. "Debe ser disciplinado y estar dispuesto a trabajar muy duramente. Esta es mi vida y me enorgullezco de eso".




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