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"El pan que retienes
le pertenece al hambriento": Actitudes
hacia la pobreza
Peter
Singer
...aquello
que un hombre tenga en superabundancia, por derecho natural, se
lo debe al pobre, para su sustento. Así dice Ambrosio y también
lo podemos encontrar en el Decretum Gratiani: "El pan que
retienes le pertenece al hambriento, la ropa que desechas, al desnudo,
y el dinero que entierras es la redención y la libertad del desposeído"
Tomas
de Aquino, Summa Theologica, II-II, Q 66 A 7.
1.
Ricos y pobres
En
el mundo actual hay mucha gente que "posee en superabundancia".
Lo que quiero decir con esto, es que una vez satisfechas sus necesidades
- de alimentación, techo, calefacción, vestimenta, salud y educación,
tanto para ellas como para sus hijos, así como ciertas previsiones
para las necesidades que pudieran presentarse en el futuro – les
sobra dinero para cosas que no constituyen necesidades, por más
que despleguemos nuestra imaginación. Si tienes dinero de sobra
para gastar en buenos restaurantes, conciertos, viajes de vacaciones,
discos compactos y para vestirte a la moda, en una palabra, eres
rico. Tomás de Aquino nunca se hubiera podido figurar el tipo de
riqueza que muchas personas tienen hoy en día – piensa simplemente
en lujos como la calefacción y el aire acondicionado centrales,
frutas exóticas frescas tanto de países templados como tropicales
entregadas en la puerta de tu casa, o poder visitar todas las maravillas
del mundo. Si Aquino pudiera transportarse a nuestra época pensaría
que la mayoría de la clase media europea y norteamericana actual
es inimaginablemente rica, y lo mismo le hubieran parecido aquellos
que viven estilos de vida comparables en otros países.
Si
los ricos son mucho más ricos que lo que persona alguna del siglo
trece hubiera podido imaginar, sin embargo, los ingredientes esenciales
de la pobreza siguen siendo los mismos. Al igual que en aquellos
tiempos, los pobres son aquellos que no tienen medios suficientes
como para satisfacer siquiera las necesidades más básicas, por ejemplo
la comida, el techo y el vestido. ¿ Podríamos acaso agregar que
hoy en día carecen además de recursos para obtener una mínima asistencia
de la salud, o proporcionarle una educación a sus hijos? En la actualidad
existen más de mil millones de esas personas "absolutamente pobres",
que viven con no más de 1 U$ al día. Están los absolutamente pobres
– es decir, pobres no sólo en relación a otros con los que se pueden
comparar; sino en función de un criterio eterno y absoluto que tiene
que ver con las necesidades humanas más básicas.
¿Qué
actitud deben tener los ricos hacia los pobres? ¿Si hubiese algo
que estuvieran obligados a hacer, qué sería? En este artículo plantearé
que nuestras actitudes corrientes establecen distinciones indefendibles
y que tienen que cambiar. Para hacerlo, presentaré un argumento
que ya he planteado anteriormente, en un artículo en el New York
Times, y luego pasaré en consideración algunas objeciones que
le han sido hechas a este argumento.
2.
¿La vida de niño o un nuevo aparato de televisión?
En
la película brasileña Estación central, Dora es una maestra
retirada que se gana modestamente la vida en la estación, escribiendo
cartas para personas analfabetas. De pronto, se le presenta la oportunidad
de ganar $1000. Lo único que tiene que hacer es convencer a un niño
abandonado de nueve años de que la siga hasta una dirección que
le dieron. (Le han dicho que sería adoptado por unos ricos extranjeros)
Entrega al niño, recibe el dinero, gasta una parte en un aparato
de televisión y se instala a disfrutar de su nueva adquisición.
Sin embargo, su vecina le echa a perder el buen humor al contarle
que el niño es demasiado grande para ser adoptado – le dice que
lo matarán y venderán sus órganos para transplantes. Quizá Dora
por sí sola hubiera podido estar consciente de esa posibilidad,
pero la descartó de su mente. Sin embargo después de lo que la vecina
le dijo claramente, no logra dormir. Por la mañana se dispone a
recuperar el niño.
Imagina
si en vez de tratar de salvar al niño de ese destino, Dora le hubiera
dicho a su vecina que este es un mundo difícil, que ella quiere
un aparato de televisión, y que la venta del niño es lo único que
le permite tener uno, que al fin de cuentas no era más que un niño
de la calle, y que quien sabe, tal vez, después de todo, alguien
lo adopte. Para los espectadores se hubiese transformado en una
persona desalmada y egoísta, carente de toda conciencia y sentido
moral. Se redime únicamente al prepararse a correr grandes riesgos
para salvar al niño.
Al
finalizar la película, en los cines de todas las naciones prósperas
del mundo, esas personas que rápidamente habrían condenado a Dora
si no hubiese regresado a rescatar al niño, vuelven a su casa, a
sitios mucho más confortables que el apartamento de Dora. Conforme
al standard que describí hace un momento, esa gente es rica. La
familia promedio en los Estados Unidos gasta alrededor de la tercera
parte de su ingreso en cosas que no son más necesarias para ellos,
que lo que era el aparato de televisión para Dora. Pero también
es cierto que Brasil y otros países de América latina, que tienen
gran cantidad de gente absolutamente pobre, tienen también otra
gente que es absolutamente rica. El dinero que los ricos gastan
en lujos podría ser donado a una serie de agencias voluntarias,
lo que para los niños necesitados significaría la diferencia entre
la vida y la muerte.
Todo
esto hace que uno se pregunte: ¿en última instancia, qué diferencia
hay entre un brasileño que vende a un niño abandonado a personas
que podrían ser traficantes de órganos y aquel que ya posee su aparato
de televisión y lo cambia por uno mejor – sabiendo que ese dinero
podría donarse a una organización que lo usaría para salvar la vida
de los niños de la calle de Brasil?
Inmediatamente
nos vendrán a la mente algunas diferencias. Para poder entregar
a un niño que está justo ante ti a personas que podrían matarlo
es necesario ser un tanto frío y despiadado. Resulta mucho más fácil
ignorar un pedido de dinero para ayudar a un niño que nunca conociste.
Por lo tanto, si el resultado que tiene el hecho de que una persona
rica deje de donar su dinero, es que un niño más muera en las calles
de una ciudad brasileña, en cierto modo, es tan malo como vender
un niño a traficantes de órganos. En definitiva, resulta incongruente
condenar tan rápidamente a Dora por entregar al niño a posibles
traficantes de órganos, y no considerar al mismo tiempo, que la
conducta de la persona rica plantea un tema moral grave.
3.
¿Es acaso diferente nuestra situación?
Permítanme
considerar algunas diferencias posibles entre nuestra situación
y la de Dora.
- La
gente rica que no contribuye con los pobres no está causando activamente
sus muertes. En cambio Dora, al vender al niño a los que podrían
matarlo, contribuye de manera activa.
La
sensación que tenemos de que disfrutar de todo el lujo que nuestra
riqueza pueda comprar es una forma aceptable de vivir se basa
ampliamente en la idea de que, en tanto el matar es algo muy
malo, nosotros no estamos en obligación de salvar a personas
cuyas vidas están en peligro. ¿Pero, es esto correcto? En su
libro Living High and Letting Die, el filósofo americano
Peter Unger presenta una serie ingeniosa de ejemplos imaginarios
concebidos para mostrar que a menudo estimamos que un individuo
comete una falta grave si permite, a sabiendas, que alguien
muera, aunque sea por omisión y no por acción. La siguiente
es mi paráfrasis de uno de estos ejemplos:
Bob
está próximo a su retiro. Invirtió la mayor parte de sus ahorros
en un automóvil muy raro y costoso, un Bugatti, que no ha podido
asegurar. El Bugatti es su orgullo y su alegría. Además del
placer de conducirlo y cuidarlo, Bob sabe perfectamente que
su valor aumenta en el mercado y que todavía podrá venderlo
y vivir confortablemente después de retirarse. Un día, cuando
Bob sale a pasear, estaciona el Bugatti cerca del final de una
playa de desvío de trenes en desuso y se baja a caminar por
la vía. Cuando se ha bajado, ve que un tren sin nadie a bordo
viene bajando por la vía. Al observar más atentamente, ve la
pequeña figura de un niño jugando en un túnel, que muy probablemente
será atropellado por el tren. No puede detener al tren y el
niño está muy lejos como para advertirle del peligro, pero podría
mover una palanca que desviaría al tren hacia donde está estacionado
el Bugatti. Así nadie moriría, pero como la barrera que está
al final de la vía está en mal estado, el tren destruiría a
su Bugatti. Pensando en la alegría que constituye para él el
poseer ese auto y la seguridad financiera que representa, Bob
decide no mover la palanca. El niño muere. Pero por largos años
Bob disfruta de su Bugatti y de la seguridad financiera que
representa.
La
mayoría de nosotros diría que la conducta de Bob es seriamente
censurable. Estoy de acuerdo, pero, ¿ acaso podemos considerar
que estuvo muy mal que Bob no moviera esa palanca para desviar
al tren y salvar la vida del niño, y que no está mal que la
gente rica decida no ayudar a personas que viven en una pobreza
extrema? Al enviar dinero a una organización que trabaje en
el alivio de la pobreza podemos salvar una vida humana, mediante
un sacrificio mucho más pequeño que el que Bob debía realizar
en el ejemplo que acabo de dar. De hecho, Unger calcula que
una donación de U$ 200 es suficiente para salvar la vida de
un niño.
- Si
donamos a una agencia que ayuda a la gente más pobre del mundo,
no podemos estar seguros de que la ayuda llegue realmente a la
gente que la necesita.
Nadie
que conozca el mundo de la asistencia internacional puede dudar
de que exista esa incertidumbre. Pero esa cifra de 200 U$ que
Unger estableció para salvar la vida de un niño, fue calculada
después de hacer hipótesis conservadoras acerca de la proporción
de dinero donado que llega realmente a su objetivo. De todas maneras,
también existe algo de incertidumbre en las situaciones de Bob
y de Dora. En el caso de Bob, si mueve la palanca sin duda destruirá
su Bugatti, pero si no hace nada, podría ser que el niño fuera
lo suficientemente rápido y despierto como para pegarse a la pared
del túnel y salvarse. Dora no estaba totalmente segura de que
el niño iba a ser sacrificado por sus órganos, en vez de ser adoptado.
Es decir que en ninguno de estos casos existe la certeza de que
entregar el dinero, o sacrificar el automóvil o la tele, tendrá
un resultado positivo.
- Tanto
Dora como Bob se encuentran ante un dilema en lo referente a un
niño. Esa no es nuestra situación. Si damos ahora 200U$ para salvar
a un niño, todavía existirán otros niños que necesitan ser salvados.
El argumento puede repetirse una y otra vez, hasta que nos encontremos
nosotros mismos en la línea de pobreza. Esto hace a nuestra situación
diferente de la de Dora y Bob.
En
el mundo real existen millones de niños, y también de adultos,
que requieren nuestra ayuda, así que tienen derecho a decir que
con entregarles U$ 200 no se acaban nuestras obligaciones. Pero
piensa en cuánto calcula perder Bob, mientras considera mover
la palanca. El automóvil es su orgullo y su alegría, y representa
virtualmente todos sus ahorros. Aunque dijéramos que nadie está
obligado a hacer un sacrificio acumulativo tan grande, como lo
es la pérdida del automóvil para Bob, esto es bastante compatible
con la gente que holgadamente puede asumir la obligación de dar
mucho, mucho más que U$200. El sacrificio de Dora, en relación
a su nivel, es más significativo que una donación de U$200 y hasta
de U$1000 para alguien que vive muy cómodamente, en medio de una
comunidad adinerada.
- Establecer
un standard demasiado alto es utópico y hasta puede ser contraproducente.
Corremos el riesgo de que la gente se encoja de hombros y diga
que la moralidad, concebida de ese modo, está bien para los santos
pero no para ellos.
No
hay posibilidad de que en un futuro cercano o incluso a mediano
plazo podamos ver un mundo en el que sea normal de que los ricos
ofrezcan buena parte de su riqueza para ayudar a extraños. Cuando
se trata de elogiar o condenar a las personas por lo que hacen,
tendemos a utilizar un criterio relacionado con cierta concepción
de lo que es una conducta normal. En muchas comunidades, las
personas ricas que dan, digamos, un 10 por ciento de su ingreso
para ayudar a los pobres, le llevan tanto la delantera a virtualmente
todas sus contrapartes igualmente ricas, que no voy a detenerme
a condenarlos por no hacer algo más. Sin embargo, no están en
posición de criticar a Bob por no lograr hacer el sacrificio
mucho mayor de su Bugatti, o a Dora por vender al niño, y esto
sugiere que en cierto sentido, realmente tendrían que hacer
algo más.
- Si
cada ciudadano que viviera en las naciones ricas contribuyera
con su parte, no sería necesario un sacrificio drástico, porque
mucho antes de haber alcanzado ese tipo de niveles, habrían habido
recursos para salvar las vidas de los niños que mueren por falta
de alimentación o de asistencia médica. ¿Entonces, por qué debe
cada uno debe sentirse obligado a dar algo más que una contribución
razonable?
El
tema de cuanto debemos dar es una cuestión que hay que decidir
en el mundo real - y éste, lamentablemente, es un mundo en el
que sabemos que la mayoría de la gente no da montos substanciales
a las agencias internacionales de ayuda, y no lo hará tampoco
en un futuro inmediato. Así, sabemos que el dinero que podemos
dar más allá de la "contribución razonable" teórica, permitirá
salvar vidas que de otro modo no serán salvadas. Aunque la idea
de que nadie necesita hacer algo más que brindar su contribución
razonable es muy poderosa, ¿acaso prevalecería si supiéramos
que otros no están dando su contribución razonable, y que habrá
niños que morirán de muertes evitables a menos que demos algo
más que nuestra contribución razonable? Esto implicaría llevar
lo razonable demasiado lejos – y Aquino, Ambrosio y Graciano
están aparentemente de acuerdo, ya que dicen que debes dar lo
que tienes en superabundancia y no simplemente una contribución
razonable hipotética, que resultaría suficiente si otros también
dieran.
Sería
ciertamente mejor que los gobiernos aumentaran sus asignaciones
para la ayuda externa, ya que esto distribuiría el peso de manera
más equitativa entre todos los contribuyentes. Lamentablemente,
en los últimos veinte años el monto que los gobiernos de las
naciones desarrolladas le han asignado a la ayuda externa ha
descendido y la mayoría de los países están más lejos que nunca
de alcanzar el objetivo de las Naciones Unidas del 0,7% del
Producto Nacional Bruto. En particular, el monto de ayuda externa
que dan los Estados Unidos es una miseria – sólo el 0,1%del
PNB, es decir el porcentaje más bajo de todos los países de
la OCDE, y en términos absolutos de dólar, es un monto menor
al dado por Japón, a pesar de que la economía de los Estados
Unidos es mucho mayor que la de Japón. Además, incluso dentro
de este monto miserable, los mayores beneficiarios no son los
países más pobres del mundo, sino Israel, un país que tiene
un ingreso promedio que lo ubica entre las 20 naciones más ricas
del mundo.
- Si
cada uno diera un monto substancial de sus ingresos, en vez de
gastarlo en bienes de consumo, habría menos empleo y la economía
sufriría.. Por lo tanto, los pobres estarían peor y no mejor.
Como
respuesta a lo que indica esta objeción, le diría que si cada
uno diera realmente un monto substancial de dinero, el monto que
necesitaríamos dar sería mucho menor. Si todos, o gran parte,
de los ricos cumplieran con su parte, no harían falta enormes
sacrificios para terminar con la pobreza absoluta. Como señaló
Thomas Pogge, pensamos que será necesaria una suma enorme de dinero,
porque sabemos que los pobres son muchos –alrededor de la cuarta
parte de la población del mundo, es decir mil quinientos millones
de personas. Pero nos olvidamos de que la diferencia de ingreso
entre los ricos y los pobres es inimaginablemente acentuada:
El
ingreso agregado del cuartil de los más pobres es menor al 0,7%
del producto social mundial, menos de $210 mil millones entre
cerca de 30 billones. Si hubiera un cambio en la distribución
del ingreso mundial que duplicara (o triplicara) sus ingresos,
totalmente a nuestras expensas, aún así sería bastante ínfimo.
Sólo reduciría el décimo superior de los ingresos en un mero 1
o 2 por ciento – lo que difícilmente represente una seria amenaza
para nuestra cultura y estilo de vida.
Por
otra parte, cualquier impacto adverso sobre la economía se equilibraría
por el hecho de que gran parte de la gente que haya podido salir
de la pobreza absoluta podrá, con una mejor educación y formación,
volverse autosuficiente y eventualmente entrar a su vez en el
mercado mundial como consumidores.
- El
brindarle apoyo a los pobres no los ayuda, porque crea una relación
de dependencia, les quita el incentivo a trabajar, y en países
que ya están superpoblados no haría sino exacerbar el problema
de la población.
Esta
es una objeción práctica que se aplica a algunos tipos de ayuda,
pero no a otros. Ciertamente el brindar apoyo alimentario es un
último recurso, a ser utilizado en situaciones de extrema emergencia.
Pero ayudar a las personas a transformarse en empresarios en pequeña
escala, o brindarle a los pueblos agua potable, una escuela, asistencia
básica de la salud, es algo diferente. Les da la habilidad de
volverse autosuficientes, de trabajar por mejorarse a sí mismos.
En cuanto a la cuestión de la población, es un error pensar que
la única manera de reducir la fertilidad es dejar que la gente
padezca hambre. Por el contrario, el único factor que muchos estudios
diferentes han demostrado que se correlaciona mejor con una reducción
de la fertilidad es el mejoramiento del nivel de educación y particularmente
de la educación de las mujeres.
4.
La
necesidad de una nueva (o vieja) actitud hacia la pobreza
Los
ejemplos de Dora y Bob muestran que nuestras ideas corrientes acerca
de lo que los ricos le deben a los pobres no están en armonía con
nuestras otras ideas sobre lo que se requiere para salvar la vida
de un niño. Ninguna de las objeciones que he considerado indica
de manera convincente que la diferencia entre la situación de Dora
o Bob y nuestra propia situación sea suficiente como para impedirnos
llegar a la conclusión de que no es correcto que gastemos dinero
en lujos, mientras otros padecen hambre. Nuestras actitudes hacia
la pobreza tienen que cambiar -no hacia algo totalmente nuevo, sino
hacia algo más semejante a lo que citamos al comienzo, las actitudes
de Ambrosio, Graciano y Tomás de Aquino. Aunque no acepto las bases
religiosas y Aristotélicas en que se fundamenta Tomás de Aquino,
acepto su conclusión de que "aquello que un hombre tenga en superabundancia,
por derecho natural, debe dárselo al pobre para su sustento ", porque
en la ética utilitaria que sostengo, las necesidades tienen prioridad
por encima del deseo de lujo. Extrañamente, en lo que se refiere
a este tema vital, esto me convierte en un mejor cristiano que muchos
obispos y cardenales. Corren a condenar el aborto –un dilema moral
que ninguno de ellos tendrá que enfrentar jamás- pero violan abiertamente
las enseñanzas de sus propios santos sobre lo que el rico le debe
al pobre, viviendo lujosamente en forma cotidiana. Afirman que está
mal matar a un "niño no nacido", independientemente de las razones
que pueda tener la madre para no desear proseguir un embarazo, pero
ellos mismos permiten que mueran niños ya nacidos, amados y deseados
por sus padres, cuando podrían evitarse esas muertes.
En
algunos círculos hay ya señales de un cambio de actitud. En la Cumbre
del Milenio de las Naciones Unidas, realizada en Nueva York en Septiembre
de 2000, el Presidente sudafricano Thabo Mbeki hizo una vigorosa
alocución en la que dijo que "los pobres del mundo se paran en la
puerta de mansiones y palacios confortables, ocupados por todos
los reyes y reinas, presidentes y primeros ministros que tienen
el privilegio de asistir a este encuentro único." No se informó
que los líderes invitaran a los sin techo a ocupar sus cuartos de
huéspedes vacíos, pero la Asamblea General aprobó una declaración
estableciendo una serie de objetivos ambiciosos pero específicos
para el año 2015. El más importante fue el de reducir a la mitad
la proporción de la población mundial que padece de hambre y que
carece de agua potable para beber.
Otros
de los que hablaron con una nueva visión fueron los directivos del
Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, En Praga, el
presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn dijo :
Hoy
en día el 20 por ciento del mundo controla el 80 por ciento del
producto interno bruto. Se logró una economía de 30$ billones de
los cuales $24 billones corresponden a los países desarrollados.
El ingreso de los 20 que se encuentran arriba, es 37 veces mayor
que el de los 20 de abajo, y en la última década esta cifra se duplicó.
Estas iniquidades no pueden existir.
Lamentablemente
esas iniquidades pueden existir y de hecho existen. La cuestión
es qué se puede hacer con ellas. Ultimamente, las instituciones
como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo le
han dado mayor prioridad que en el pasado a detener la iniquidad.
Ciertamente, desde un punto de vista ético, esa es la estrategia
correcta. Es de importancia vital que esas organizaciones se aseguren
de que lo que están haciendo producirá una diferencia para la gente
más pobre del mundo. En el pasado, a menudo los esquemas amplios
favorecieron no a los más pobres, sino a los que forman parte del
problema. Es más difícil asegurar que la asistencia beneficie realmente
a los más necesitados y requiere un trabajo más intenso. Así como
Dora, en un comienzo pudo evitar pensar demasiado en lo que podría
ocurrirle al niño, siempre podemos convencernos a nosotros mismos
de que las cosas que son de nuestro propio interés, son también
lo mejor para todos. Pero con frecuencia ese no es el caso. Dora
representa una advertencia para aquellos que tienden a tomar el
camino fácil del autoengaño. Cada agencia importante de desarrollo
necesita un amigo como la vecina de Dora – alguien que la fuerce
a tener una visión rigurosa y autocrítica del impacto real que tiene
su trabajo sobre la gente que más necesita de su ayuda. De otro
modo, una agencia de desarrollo, al igual que Dora, puede transformarse
en cómplice de algo que tiene que ver con la injusticia y la explotación.
5.
Unas
últimas palabras : Lo político y lo personal
Horst
Köhler, el nuevo director administrativo del FMI dijo recientemente:
"Tenemos que detener el egoísmo de los países ricos. Se trata de
una cuestión moral."
Köhler
está en lo correcto, se trata de una cuestión moral. Pero la moral
no solo es tema para las naciones y no es sólo el egoísmo de las
naciones ricas lo que debe combatirse. La nueva ética debe sentirse
en todos los niveles, desde las instituciones financieras internacionales,
hasta las naciones y los individuos. Aquellos que deciden el destino
de millones de personas que viven en la pobreza absoluta deben demostrar
una actitud hacia la iniquidad y el egoísmo en sus propias vidas.
Tienen que mostrar claramente que les parece reprobable que alguien
viva en el lujo, mientras otros están en la extrema pobreza. Por
supuesto, los líderes no pueden vestir con harapos y vivir en barrios
marginales. Tienen que poder hacer su trabajo, recibir visitantes,
comunicar rápidamente, garantizar la seguridad de su personal y
representar a su país en público. Necesitan los equipos y el entorno
que les permita hacerlo lo más eficientemente posible. Nada de eso
es superabundancia. Pero no necesitan caviar en sus recepciones,
ni pasear en limosinas, ni vivir en palacios. Si compartieran su
superabundancia con los hambrientos, su expresión de deseo de acabar
con la pobreza se volvería por fin creíble. Una vez que esto ocurra,
todo es posible.
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