Saltar Navegación Global
Noticias
BID Portada > Noticias
Comment Tool Comenta
Comment Tool Comenta

Su comentario acerca de la página:






Share Tool Compartir
close Share Tool Compartir

Discursos

30-ene-2006

América Latina y Europa: Perspectivas Futuras

Centro de Convenciones Kleber, París
Luis Alberto Moreno
Presidente del BID

Bon jour! Es un verdadero placer para mí tener esta oportunidad de dirigirme a ustedes para compartir algunas impresiones sobre como vemos, desde el Banco Interamericano de Desarrollo, las perspectivas para América Latina y sus relaciones con Europa en el año 2006 y hacia adelante. Quiero saludar muy especialmente a la Ministra Delegada para la Cooperación, el Desarrollo y la Francofonía, Madame Brigitte Girardin, quien nos acompaña hoy, a todos los Embajadores latinoamericanos y caribeños y a todos los amigos de nuestra región aquí presentes.

Antes que nada quiero subrayar la importancia que tienen para América Latina y para los ciudadanos de nuestro continente los vínculos históricos que nos unen con Europa. Nuestra región ve el proceso de integración europea como uno de los logros más significativos de la historia moderna y como un modelo singular de convergencia económica y social dentro de un contexto de paz, democracia y desarrollo. Sabemos que tenemos mucho que aprender de nuestros socios europeos y tenemos la mejor disponibilidad de seguir trabajando con ustedes para estrechar los lazos que nos unen y profundizar la integración latinoamericana como un elemento clave de la estrategia de desarrollo regional.

El panorama económico

América Latina atraviesa por un momento sumamente interesante de su historia. Sus economías llevan casi tres años de crecimiento fuerte y sincronizado y sus democracias están surtiendo un intenso proceso electoral que comprende un amplio menú de opciones para los ciudadanos, reflejando la diversidad y heterogeneidad de la región. Sin embargo, cuando no se ven opacados en la prensa internacional por noticias sobre los desafíos de la pobreza en África, la seguridad en el Medio Oriente y el dinamismo asiático, los titulares sobre la región con frecuencia parecieran encajar una realidad vibrante y compleja dentro de visiones excesivamente planas, simplistas e ideológicas.

Lo cierto es que a pesar de los titulares, las tendencias son positivas. En materia económica la región está experimentando su mejor ciclo de crecimiento en casi tres décadas. Desde mediados de 2003, el crecimiento promedio regional ha alcanzado niveles del 4,9% anual y se espera que en 2006, las economías de la región crezcan entre un 4,3 y un 4,5%. Es significativo anotar que este crecimiento se da dentro de un entorno de baja inflación. De hecho, la inflación regional promedio en 2005 fue del 5,5%—el índice más bajo desde la década de los sesentas. La inflación alta, como saben, es el peor impuesto que se le puede poner a los ciudadanos más pobres.

Es notable que los niveles de inversión han aumentado significativamente hasta llegar a casi el 20% del producto interno bruto regional, en parte gracias a la recuperación en la inversión extranjera. Y a diferencia de lo ocurrido en ciclos de expansión anteriores, los países de la región tienen superávit en sus cuentas corrientes. Es de destacar también que los niveles de endeudamiento—uno de los grandes desafíos estructurales de América Latina—se han reducido en forma considerable en los últimos tres años. La deuda pública pasó de representar el 72% del PIB regional en 2002 al 53% en 2005. En este contexto, no es sorprendente que las bolsas de valores de la región se hayan ubicado entre las más dinámicas del mundo en los dos últimos años, con incrementos acumulados en sus índices cercanos al 80%.

En el ámbito crucial de la lucha contra la pobreza, el crecimiento sostenido de los últimos años ha comenzado a permitir algunos ligeros avances. La CEPAL estima que el aumento en los niveles de empleo y los salarios ha contribuido a sacar de la pobreza a cerca de 13 millones de latinoamericanos en los últimos dos años. Aunque esta es una cifra alentadora, lo cierto es que algo más de un 40% de los ciudadanos de la región aún viven por debajo de las líneas nacionales de pobreza—es decir, aún hay más de 200 millones de latinoamericanos pobres. Esto y los preocupantes niveles de desigualdad, constituyen desafíos centrales para el futuro de la región.

Es importante señalar que las condiciones externas han contribuido en forma significativa a la recuperación de la actividad económica en la región. El aumento en los precios de los productos básicos o commodities, impulsado por la demanda de las economías asiáticas, ha contribuido a mejorar considerablemente los términos de intercambio de casi todas las economías de la región. Asimismo, los altos niveles de liquidez y bajas tasas de los mercados financieros internacionales aunados a reducciones importantes en la percepción del riesgo de la región, han permitido a los países suplir sus necesidades de financiamiento a costos bajos y plazos extendidos.

Pero esta bonanza del sector externo es solo una de las caras del buen desempeño de las economías latinoamericanas. Lo cierto es que, en la gran mayoría de los casos, los gobiernos de la región han manejado el ciclo ascendente de sus economías de manera acertada. A diferencia de épocas pasadas cuando los gobiernos de la región aumentaban el gasto fiscal y expandían el crédito en épocas de auge, en esta ocasión han aplicado políticas fiscales contra-cíclicas que han permitido reducir el déficit fiscal promedio en la región de 3,3% del PIB en 2002 a 1,7% del PIB en 2005. Así mismo, las políticas anti-inflacionarias y de tasas de cambio flexibles de los bancos centrales independientes han contribuido a que el crecimiento se dé en condiciones de estabilidad de precios. También es notable que los países de la región estén aprovechando la buena coyuntura internacional para pre-financiar sus necesidades de crédito para 2006 e incluso 2007.

Estos son sin duda desarrollos alentadores indicativos de la madurez y capacidad de los gobiernos de la región y sus equipos económicos. Es claro que las arduas reformas y lecciones aprendidas de los últimos quince años han comenzado a dar dividendos para los países y sus ciudadanos. Aunque aún queda mucho por hacer en varios campos de la reforma del estado y las economías, el aumento en el grado de institucionalizad y calidad en materia de manejo económico hacen prever que la capacidad de respuesta y margen de maniobra de la región cuando inevitablemente caigan los precios de los productos de exportación o suban las tasas de interés, serán mucho mayores. Una de las tragedias de la historia reciente de América Latina es que las crisis borran rápidamente los avances obtenidos con gran dificultad en los años de expansión. Los resultados de los últimos años demuestran que la región ha dado pasos importantes para reducir su vulnerabilidad a los “shocks externos” y alejarse paulatinamente de los ciclos pronunciados de auge y crisis característicos de su pasado.

Agregaría que en materia de política social también ha habido avances similares. Los países de la región han acumulado experiencias importantes y han adaptado las mejores prácticas internacionales. En este sentido, los programas de transferencias condicionadas de efectivo, que apoya el Banco, son un ejemplo notable de políticas sociales focalizadas, bien concebidas y eficientes, que logran resultados. Hoy más de 50 millones de latinoamericanos pobres en una decena de países se benefician de estos programas que entregan subsidios a las familias para mantener sus hijos en la escuela y garantizar su salud y nutrición básica. Aprovechando los avances tecnológicos, absorbiendo las experiencias de otros países y ajustando continuamente los programas para mejorar su eficacia, los gobiernos de América Latina han desarrollado un modelo de política social de alcance amplio que hoy otros países en desarrollo buscan replicar.      

Los desafíos políticos

Los avances económicos de América Latina en épocas recientes se han visto eclipsados por el debate político. Esto es en buena medida entendible, pues la región se encuentra en la fase inicial del ciclo electoral más intenso de su historia. Como ya lo han mencionado otros conferencistas, en un período de 14 meses entre noviembre del año pasado y el final de este, la región tendrá 12 elecciones presidenciales y 13 parlamentarias. Además, el abanico de opciones para los votantes, tanto en términos de plataformas políticas como en cuanto a las características personales de los candidatos, quizás nunca ha sido tan amplio.

Antes que entrar en el ejercicio de futurología sobre las elecciones que solo le corresponde realmente a los votantes de cada país, o en la discusión—a mi saber, simplista—de sí la región está girando a la izquierda, creo que es importante enfatizar varios aspectos muy positivos del proceso electoral que vive la región.

Lo primero y quizás más importante, es que un ciclo de elecciones transparentes y en paz es un logro importante para una región donde hasta hace solo 25 años predominaban los gobiernos autoritarios y militares. Este año será la prueba cumbre de la consolidación de la democracia latinoamericana, con todos los matices que la misma permite. La encuesta de Latinobarómetro—la más amplia encuesta política que se realiza en la región y la cual el BID ha contribuido a financiar—revela que aunque segmentos importantes de la población no están satisfechos con los resultados económicos y sociales obtenidos bajo la democracia, un 70% de los latinoamericanos piensan que con todo y sus defectos la democracia es el mejor sistema de gobierno. Yo estoy convencido de que al cierre del año, cuando se asienten los ánimos propios de una época de campañas políticas, la región habrá dado un paso adelante en la profundización y consolidación de sus democracias.

Otro factor a destacar del proceso electoral es que representantes de sectores tradicionalmente marginados del establecimiento político como los indígenas, las mujeres y otros, están no solo postulándose como candidatos viables,  sino también ganando elecciones. Me parece que en una región con los desafíos en materia de equidad y cohesión social que tiene América Latina, esto representa un avance fundamental.

Un tercer elemento importante es que a pesar de las diferentes perspectivas propias de la democracia, existe un consenso amplio en la gran mayoría de países y fuerzas políticas en torno a que la estabilidad económica es un requisito indispensable para el desarrollo. Es notable por ejemplo que entre los gobiernos actuales caracterizados como de centro-izquierda, la prudencia en el manejo económico es la regla y no la excepción. El Departamento de Investigaciones del BID señala que detrás de esta tendencia hay un claro imperativo político. En los últimos años, el electorado latinoamericano ha castigado severamente a los gobiernos que han permitido alzas en la inflación y otros desfases en los balances centrales de la economía. A esto hay que agregar otro resultado del Latinobarómetro, el cual indica que la gran mayoría de los latinoamericanos consideran que la economía de mercado es el único sistema que puede llevar el desarrollo a sus países. Es interesante que este resultado es consistente a través de los diferentes países e independientemente de la tendencia política de su gobierno de turno.

Otro aspecto que vale la pena mencionar es que los presidentes en América Latina ya no son los líderes todopoderosos de antaño. En los países de la región ha habido una evolución importante de los parlamentos, los sistemas judiciales y demás órganos del estado, los medios y la sociedad civil. Es probable, por ejemplo, que muchos de los dirigentes que serán elegidos este año tengan que gobernar con coaliciones en el Congreso. Aunque esta realidad a veces dilata los procesos de toma de decisiones e implementación de políticas, su beneficio en materia de continuidad, estabilidad e institucionalización son innegables. 

Con todo esto no quiero minimizar el debate, muy legítimo por cierto, que hay actualmente en la región sobre la dirección de las políticas públicas. Es claro que a pesar de ciertos resultados importantes en materia de equilibrios macroeconómicos, el conjunto de políticas típicamente asociadas con el consenso de Washington no ha generado los resultados esperados en materia de crecimiento y reducción de la pobreza. No hay que olvidar que a los dos y medio de crecimiento que ha experimentado la región, los antecedieron cinco años de estancamiento—la llamada “media década perdida”—donde decenas de millones de personas experimentaron caídas significativas en su calidad de vida. Este es en buena medida el telón de fondo que hay detrás del actual debate político en la región.

La discusión sobre si las reformas fracasaron o si lo que ocurrió es que no se aplicaron en forma suficientemente profunda, se torna académico cuando en amplios niveles de la población hay desencanto con la agenda reformadora. Las investigaciones del Banco demuestran que a pesar de que hay amplio apoyo popular a la reducción de la inflación y a la estabilidad económica en general, el entusiasmo por reformas liberalizadoras, como las privatizaciones, es mucho menor. De hecho, según Latinobarómetro, solo un 31% de los latinoamericanos apoya las privatizaciones de los últimos años; aunque hay que destacar que la recuperación económica ha contribuido a mejorar en cierta medida la percepción de estos procesos. En 2003, el nivel de apoyo a las privatizaciones era solo del 20%.

En este contexto, no es sorprendente que incluso en Chile, el país de mejor desempeño en materia económica de la región en las últimas décadas, los temas de inequidad y solidaridad—relacionados con la reforma al sistema de pensiones, por ejemplo—hayan tenido un lugar de prominencia en el debate electoral.

En el Banco consideramos que el debate sobre como generar un modelo de crecimiento más inclusivo y mejor ajustado a las necesidades específicas de cada país, es fundamental no solo porque la región necesita de nuevas ideas para hacer frente a sus importantes desafíos de desarrollo, sino porque el éxito de cualquier agenda de reformas depende del apoyo político que genere en su proceso de formulación,  discusión e implementación. La edición 2006 del Informe de Progreso Económico y Social del BID (IPES), titulado “La política de las políticas” concluye que las dimensiones políticas de cualquier reforma importan tanto para la efectividad de la misma como su rigor técnico. 

El rol de Europa

Todos los gobernantes que asumirán las riendas del poder en los diferentes países de la región tendrán el desafío central de sostener en el tiempo y aumentar los niveles de crecimiento de sus economías, y sobre todo, de mejorar la calidad de ese crecimiento en materia de equidad y empleo. Sólo así se podrá lograr la mejora en la calidad de vida de sus países que los ciudadanos reclaman. Como tuve la oportunidad de manifestárselo   al Presidente Morales hace unas semanas, el BID está comprometido a colaborar con todos los gobiernos de la región para apoyar sus esfuerzos en este sentido y está adelantando una reforma de sus capacidades y procesos para poder ser más eficaz, más creativo y más relevante a las necesidades de desarrollo específicas de cada país.

Yo considero que los gobiernos, empresas y organizaciones de la sociedad civil Europea tienen un rol fundamental que jugar para que estos gobiernos sean exitosos. Aparte de los vínculos históricos, culturales y económicos que unen a nuestros pueblos, ambas regiones tienen un desafío común. En la medida que el eje económico mundial comienza a desplazarse hacia el Pacífico—como parecen indicar las proyecciones de casi todos los analistas—Europa y América Latina enfrentan la encrucijada de cómo hacer frente a los riesgos que esto genera, en materia de competitividad, por ejemplo, y también saber aprovechar las oportunidades que de allí se desprenden.

Nuestros continentes tienen gran complementariedad en materia económica. Europa es una potencia mundial en conocimiento, tecnología, servicios y manufacturas sofisticadas. América Latina es rica en recursos naturales—entre ellos la energía renovable y no-renovable—, cada vez más importante como despensa agrícola del mundo, y tiene una población joven y dinámica. Sin embargo, nuestras relaciones económicas han ido perdiendo peso en los últimos años. De representar el 25% de las exportaciones latinoamericanas en 1990, Europa ha pasado a representar solo el 12% de las mismas hoy 2005. Así mismo, y a pesar de que la tendencia se ha revertido en los últimos dos años, la región ha perdido precedencia entre los destinos de la inversión extranjera europea. 

Por esto consideramos crucial profundizar el diálogo entre las dos regiones para avanzar en la Ronda de Doha, seguir trabajando hacia acuerdos comerciales entre la Unión Europea y bloques de países y países individuales de América Latina y cristalizar aún mayor apoyo europeo en materia de recursos y conocimiento para la profundización de la integración latinoamericana. Como los mayores interesados en el álgido tema del comercio agrícola, por ejemplo, América Latina y Europa pueden ser la llave para destrabar procesos tan importantes como el de Doha. El progreso que se logre en estas iniciativas no solo redundará en aumentos en los niveles de intercambio comercial, sino que también contribuirá enormemente a establecer las condiciones necesarias en materia de legal y regulatoria para convertir a América Latina en un destino más atractivo para la inversión europea.

Las empresas europeas jugaron un papel preponderante en el desarrollo de América Latina en la post-guerra, con sus inversiones destinadas en su mayoría a suplir los mercados locales de los países, bajo el modelo imperante de sustitución de importaciones. Luego, con las reformas liberalizadoras de la década de los noventas, realizaron inversiones importantes en sectores de infraestructura, servicios públicos y servicios financieros. Creo que con algunas notables excepciones, sus resultados han sido muy positivos, y lo seguirán siendo en los años por venir a medida que América Latina comience a subsanar un déficit de inversión en infraestructura que el BID estima en $80.000 millones de dólares al año.

Considero que el momento es el propicio para una tercera ola de inversión europea   enfocada a las exportaciones y en nuevas tecnologías, y liderada en buena medida por empresas medianas y pequeñas que hasta ahora han estado ausentes en América Latina. Un tema que sobresale por el interés de Europa en el mismo y las condiciones que existen en América Latina, es el de la inversión en energías limpias y renovables, financiada con instrumentos innovadores como bonos de carbono. Una de las principales fortalezas de Europa es la profusión de empresas medianas y pequeñas en zonas como el norte de Italia y Alemania, que han logrado innovar y ser exitosas en el ámbito global. Atraer este tipo de empresas a América Latina es la mejor manera de replicar modelos similares en el ámbito local. Estas compañías encontrarán que no solo hay una importante red de apoyo de empresas europeas con décadas de historia en la región, y que con frecuencia sus proveedores de servicios de telecomunicaciones, energía y banca serán también empresas europeas, sino que además, el avance de las negociaciones comerciales entre ambos continentes les brindará cada vez mayor seguridad en materia de estabilidad legal y contractual. El BID está actualmente trabajando para ser más flexible y eficaz en su apoyo al sector privado y a las alianzas público-privadas en temas cruciales para el desarrollo como la infraestructura y la energía. Y también está enfocado en trabajar con los gobiernos para mejorar los ambientes legales y regulatorios para la iniciativa privada.

Otro factor que no solo genera importantes oportunidades de crecimiento y empleo en la región, sino que también contribuye a unir a nuestros dos continentes es el de las remesas de inmigrantes latinoamericanos en Europa. Así como a principios del siglo XX, los inmigrantes europeos a América Latina—principalmente españoles e italianos—enviaban dinero a sus países de origen, el BID estima que del total de 55.000 millones de dólares que recibieron América Latina y el Caribe en remesas en 2005, más de un 15%, es decir, cerca de 10.000 millones de dólares, se originaron en Europa. Estos flujos se han convertido en una fuente fundamental de ingresos para millones de latinoamericanos pobres y, en ciertos países centroamericanos y caribeños que enfrentan problemas de balanza de pagos por el alza en los precios del petróleo, son cada día más un factor de estabilidad.

El desafío que tiene la región, y uno que el BID ha identificado como prioritario para sus actividades, es el de cómo lograr que estas remesas ingresen cada vez más al sistema financiero y le permitan así a sus beneficiarios ahorrar de manera más eficiente y conseguir pequeños préstamos para vivienda, micro-empresa y otras necesidades. Creemos que este es un mercado creciente que genera múltiples oportunidades para empresas creativas que además de construir negocios en torno a estos flujos y su apalancamiento, también puedan contribuir a ampliar las posibilidades de ahorro, consumo e inversión de individuos tradicionalmente excluidos del proceso económico. Al mismo tiempo, es importante que ambos continentes profundicen un diálogo productivo en materia de migración

Aunque hay muchas otras áreas de colaboración actual y futura entre nuestros continentes, como el área crucial de la política social donde Europa cuenta con importantes experiencias, creo que mi tiempo se agotó así que voy a concluir aquí. Les agradezco a todos nuevamente por su interés en América Latina y el Caribe. Entiendo que este es un año prominentemente político, pero espero que más allá del interés coyuntural, nuestros socios Europeos sean conscientes de los progresos estructurales que han sucedido en América Latina y de las enormes oportunidades comunes que hay para nuestros ciudadanos en el fortalecimiento de los vínculos entre ambos continentes.

Muchas gracias.

 

© 2014 Banco Interamericano de Desarrollo - Derechos reservados.