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01-ene-2006

Una carretera que los ecologistas podrían apreciar

Cómo una cinta de asfalto podría ayudar a explotar la selva amazónica de una manera sostenible

Por Roger Hamilton

ACRE, BRASIL — Para los habitantes de Acre, estado occidental de la Amazonía brasileña, la BR-364 es mucho más que una carretera asfaltada. Es la protagonista de una historia que comenzó en tiempos de violencia y martirio, prosiguió durante un período de leyenda y mito, y carga hoy con el peso de ideas innovadoras que podrían salvar a la selva húmeda de la Amazonía y de otros lugares.

Al igual que la mayoría de las carreteras de esta región, la BR-364 es un tramo de dos carriles en la inmensidad de una extensa y cambiante región. En los trechos pavimentados, la superficie aparece a veces agrietada y deshecha a causa de lluvias torrenciales y de un subsuelo idóneo para sujetar árboles en lugar de asfalto. Como ocurre en casi todas las carreteras de esta zona, los terrenos que bordean la BR-364 se han convertido en pastizales para ganado. “Primero carreteras, más adelante deforestación, luego el ganado”, se quejan los ecologistas. Hasta hace poco habían tenido una buena dosis de razón.

Pero en esta ocasión se espera que las cosas sean diferentes.

El proyecto para asfaltar la carretera de Porto Velho a Rio Branco cambió profundamente a Acre, y también al BID.

El argumento se remonta al nacimiento de la BR-364 en los años ochenta, cuando el Banco Mundial ayudó a financiar lo que anteriormente fue un camino de tierra que conducía al interior del estado de Rondônia. Esta nueva carretera, transitable durante todo el año, provocó una carrera en busca de tierras que sigue siendo uno de los capítulos más nefastos de la deforestación de la Amazonía. Desde la capital de Rondônia, Porto Velho, la pavimentación prosiguió hacia el interior del estado vecino de Acre hasta su capital, Rio Branco, esta vez con el financiamiento del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Lo que ocurrió entonces trascendió a toda la Amazonía y al resto del mundo. El acuerdo para el segmento de la carretera financiado por el BID estipulaba que el gobierno brasileño aplicaría una serie de medidas para reducir el impacto del proyecto en el medio ambiente y en las comunidades tradicionales. Unos años después de que se iniciara el proyecto, grupos de activistas locales e internacionales protestaron contra el gobierno por no haber aplicado las medidas prometidas. Chico Mendes, ex cauchero convertido en líder sindical, pasó a ser vocero internacional de los grupos que se oponían a la carretera. La situación se hizo tensa. Ni el gobierno ni los militares mostraron interés por dialogar con Chico Mendes y sus caucheros, o con las comunidades indígenas, los asentadores o los ecologistas.

La situación podría haber acabado muy mal. Pero al final, en un encuentro histórico que tuvo lugar en mayo de 1988, el BID propició un acuerdo para la creación de un plan de protección medioambiental. Su pieza clave iba a ser la Reserva Extractora Chico Mendes, de casi un millón de hectáreas, que por primera vez iba a reservar una porción considerable de la selva natural para que la gente se ganara la vida practicando métodos tradicionales de cosecha de productos.

Pese al acuerdo, este rincón de la Amazonía seguía siendo peligroso. Chico Mendes tenía enemigos y, en fechas posteriores de aquel año tan decisivo, el hijo de un estanciero lo asesinó por una disputa sobre tierras.

Viajar por la Amazonía ha sido siempre una aventura.

Hoy, 18 años más tarde, la BR-364 inicia un nuevo capítulo de su historia. Desde Rio Branco en dirección oeste al puerto ribereño de Cruzeiro do Sul, equipos de trabajadores transforman la tierra roja en asfalto negro en lo que pasará a ser la espina dorsal económica del estado. Hasta el momento, las lluvias han hecho la carretera intransitable durante una gran parte del año. Cuando finalice el proyecto, la carretera será transitable los 12 meses.

Una vez más, el papel del BID es clave. Con la aprobación de un préstamo de 64,8 millones de dólares en 2002, el Banco está apoyando la financiación de un conjunto de proyectos para conservar y administrar los recursos naturales, desarrollar industrias que aporten valor a estos recursos, y pavimentar un segmento de 70 kilómetros de la BR-364.

Y como en el pasado, la historia de la BR-364 se sigue con atención dentro y fuera de la Amazonía. Antiguos amigos y colegas de Chico Mendes ocupan hoy puestos en la administración estatal y han convocado a empresarios, líderes indígenas, comunidades extractoras y organizaciones de la sociedad civil para crear un futuro nuevo para Acre basado en la administración de la selva natural. Su objetivo es darle un vuelco al eterno paradigma de la selva tropical como obstáculo para el desarrollo económico. No creen que sea tan complicado incorporar la selva húmeda a la economía moderna de forma exitosa.

Para los ambientalistas tradicionales, y para sus antagonistas de la industria forestal, se trata de un concepto radical. Están en lo cierto. Los mismos defensores del plan en Acre decidieron que, ante un concepto tan innovador, tenían que inventar un término especial para describirlo (ver artículo “La Amazonía del mañana”).

Hacia el oeste. Recientemente, este reportero enfiló la carretera que parte de Rio Branco en dirección oeste en compañía de Gilberto Siquiera, secretario de planificación del gobierno estatal y mano derecha de Jorge Viana, su carismático gobernador (leer entrevista con Viana “Intentamos que los sueños se hagan realidad”). La puerta del vehículo de Siquiera luce el símbolo estatal: un árbol. Siquiera, un ingeniero de profesión, habla con fervor sobre los logros de Acre durante los siete años del mandato de Viana.

Los funcionarios estatales de Acre se sienten orgullosos de su flamante sede de gobierno y de la renovada autoestima de los habitantes del estado.

“Antes, [Rio Branco] era una favela”, dijo Siquiera. Y sacó una fotografía que mostraba la sede del gobierno estatal por aquellas fechas, con la pintura gris desconchada y desvencijados aparatos de refrigeración colgados de sus ventanas. El edificio luce hoy una brillante pintura blanca y está rodeado de un frondoso parque de arbolado y jardines. Sus puertas permanecen abiertas al público, y el museo de la planta baja narra la historia del breve período (1899-1900) en que Acre se independizó de Bolivia, antes de que los acreanos decidieran formar parte de Brasil. (La bandera estatal, al igual que la de Texas de historia similar, luce una única estrella). Los salones del edificio contienen mobiliario de bellas maderas nativas fabricado localmente.

Pero las mejoras van más allá de pura cosmética. La administración actual es responsable de haber saneado las cuentas, haber impuesto una administración financiera seria, y posteriormente haber logrado atraer un flujo de inversiones y créditos (incluyendo el préstamo del BID). La seguridad pública y la educación han mejorado también, gracias en gran parte a importantes incrementos del gasto público en estos sectores.

La economía de Acre crece a un ritmo anual de 7 por ciento. El aumento anual de población, de un 5 por ciento, incluye la llegada de ingenieros, abogados y otros profesionales. La cobertura de agua potable es hoy del 95 por ciento, un aumento considerable del 35 por ciento de hace siete años. Para evitar que se pase por alto cualquiera de estos logros, el estado maneja una campaña de comunicación que incluye un sistema de televisión por satélite que difunde noticias hasta los rincones más aislados del estado.

Peregrinación a la selva. Siqueira y varios funcionarios estatales querían que este reportero viera la selva, pero no en cualquier sitio. La Selva Estatal Antimary, de 66.168 hectáreas, es hoy modelo de cómo explotar la madera y otros productos naturales de forma sostenible en un ecosistema de selva tropical virgen, que incluye la presencia de seres humanos. En 2004, la administración forestal recibió el Premio de Gerencia Pública y Ciudadanía por parte de la Fundación Getulio Vargas y la Fundación Ford. El estado ofrece 10 becas para estudiantes universitarios y de post grado para investigación sobre administración forestal y el procesamiento de productos en Antimary.

Aguiar: la selva genera beneficios, riqueza y trabajo.

“Nuestra gran meta es demostrar que la selva, con una administración sostenible, genera beneficios, riqueza y puestos de trabajo, dentro de su territorio y en las ciudades”, explicó Marcus Alexandre Médici Aguiar, 28 años, secretario ejecutivo de la Secretaría de Planificación estatal y coordinador del proyecto de desarrollo sostenible financiado por el BID. La explotación de la selva es ya la industria más importante de Acre, dijo. Tanto él como otros funcionarios estatales insisten en que, a largo plazo, una hectárea de selva produce cuatro veces más que una hectárea de tierra agrícola o de pastizal para ganado.

Al igual que otros defensores de la administración forestal —como el mismo Chico Mendes— Aguiar sugiere una estrategia centrada en la gente. Coincidirían con Gifford Pichot, fundador del Servicio Forestal de Estados Unidos a comienzos del siglo XX, quien sostenía que los bosques deberían aportar “máximo beneficio para el máximo de gente”. Pero reconocen al mismo tiempo la necesidad de una protección total en el caso de las áreas biológicamente críticas o extremadamente vulnerables.

“Una selva administrada es una selva protegida'.

Desde su punto de vista, la única forma realista de salvar la selva húmeda de la Amazonía está resumida en un eslogan impreso al dorso de una camiseta: “Una selva administrada es una selva protegida”.

Pero administrar la selva es tan solo un primer paso para su protección a largo plazo. La selva no puede producir los beneficios económicos necesarios para justificar su supervivencia si se cortan los árboles y se transportan por los ríos para procesar su madera en otro lugar. Con el uso de la tecnología y mano de obra locales, el valor añadido debe quedarse en Acre. Este es el otro 50 por ciento de la estrategia que promueve el gobierno estatal de Acre en colaboración con el sector privado. El objetivo es garantizar el procesamiento y fabricación de los productos a nivel local, desde los más familiares (muebles y pisos de madera) a los más exóticos como los aceites (ver artículo “Anticoncepción orgánica”).

Aunque los defensores de la administración forestal de Acre hablan con entusiasmo, sus acciones tienen una base pragmática. Por ejemplo, Aguiar citó sin rodeos las estancias ganaderas que bordean la carretera BR-364. Para empezar, dijo, se ha deforestado sólo un 10 por ciento del estado, y el ritmo de deforestación está decayendo. La tala aparenta ser peor de lo que es en realidad, porque casi todo el terreno deforestado se encuentra próximo a la carretera. Más lejos, el espesor del arbolado es continuo. De hecho, los funcionarios del gobierno estatal insisten que la ganadería siempre tendrá su lugar en la economía de Acre, pero no de la manera que hoy se practica. En lugar de criar un número reducido de animales en grandes extensiones de pastizales degradados e improductivos, el objetivo es criar más ganado en menos espacio, comentó Aguiar.

Comienza la selva. Un ramal de la BR-364 nos condujo por un paisaje de pastos y cultivos, intercalado de retazos de selva. Nubes de mariposas levantaban el vuelo al paso de nuestro vehículo. Pronto, cuando la selva empezó a rodear la carretera, las señales de tráfico indicaron la proximidad del Bosque Estatal de Antimary.

Antimary fue el primer bosque público de Brasil, por partida doble. En 1911, la misma extensión de terreno fue declarada bosque público para caer pronto en el olvido. Cuando se firmó el decreto para la creación de Antimary 80 años más tarde, los investigadores descubrieron que la historia sí se repite.

El ingeniero Dotto trabaja para coordinar los productos de la selva con las industrias locales de procesamiento.

João César Dotto, ingeniero de 42 años, dio la bienvenida a los visitantes con un almuerzo y varias presentaciones. Dotto, nacido en São Paulo, está al frente de la Fundación Tecnológica del Estado de Acre (FUNTAC), una entidad pública independiente encargada del desarrollo de los productos locales.

Aunque la administración forestal suele recaer dentro de los departamentos de medio ambiente o agricultura, la selección de FUNTAC resalta el hecho de que el objetivo de Antimary es fabricar productos con potencial comercial. Un árbol no es simplemente un producto a extraer, es un recurso que la tecnología transformará en un producto de valor económico.

Dotto explicó los problemas particulares de administrar una selva húmeda tropical que contiene cientos de especies de árboles por hectárea. El trabajador forestal tradicional se frustraría por su incapacidad o su falta de interés en manejar semejante variedad de especies, cada una de ellas con sus propias características físicas y sus propios usos industriales. La tentación sería simplemente talar los árboles y sustituirlos con una plantación de una única especie, o producir cosechas de soja o tomates.

Por el contrario, Antimary se administra mediante un plan sostenible que incluye la tala selectiva de dos o tres árboles por hectárea, en un ciclo rotativo que a groso modo reproduce el número de árboles que moriría en condiciones naturales. Desde 2003, se han explotado y certificado en Antimary 4.000 hectáreas de bosque. En 2006, se explotarán otras 2.000 hectáreas y se realizará el inventario de otras 4.000.

Con la gerencia adecuada, los bosques retienen su diversidad de plantas y animales.

En total, se podrán administrar aproximadamente 6 millones de hectáreas de los bosques de Acre. Esta cifra incluye 1,5 millones de hectáreas de bosques estatales, 2,7 millones de hectáreas de bosques de propiedad comunitaria y 1,8 millones de hectáreas propiedad de individuos o empresas. Los bosques de propiedad estatal aumentarán en 2007 con la creación de 600.000 hectáreas adicionales. Para 2008 se proyecta una inversión de 4,8 millones de dólares en el sistema de bosques estatales para actividades de administración, infraestructura y certificación. No toda la madera que se tala hoy en Acre se certifica. Aparte de Antimary, la mayor parte de la madera certificada procede de un terreno de propiedad privada y de cinco bosques de propiedad comunitaria.

En la actualidad se administran unas 12.000 hectáreas de tierras comunitarias, de las que 1.088 se explotaron en 2005 en 10 distintos proyectos como parte del Programa de Administración de Bosques Comunitarios coordinado por el gobierno estatal. Se espera que el área total de bosques administrados aumente considerablemente en 2006 hasta alcanzar un total de 250.000 hectáreas, de las que se explotarán 25.000.

Más de un 45 por ciento de la superficie total de Acre corresponde a áreas de protección natural, de las que un 32 por ciento son zonas de conservación —bajo protección total o designadas para uso sostenible— y un 13 por ciento son territorios indígenas.

El estado ha iniciado también la reforestación de los pastizales de bajo rendimiento que se han degradado a causa del mal uso y la erosión. A las afueras de Rio Branco, un nuevo vivero de árboles producirá 4 millones de planteles anuales, cantidad suficiente para reforestar 2.000 hectáreas. Suena impresionante, pero Dotto insiste que se trata tan solo de un proyecto piloto. “Necesitamos 10 viveros de este tamaño”, dijo.

La financiación del vivero proviene en parte de la Fundación Medioambiental Nacional, que a su vez recibe financiación del BID. Su dirección correrá a cargo de una empresa del sector privado, la cual venderá los planteles a los grandes terratenientes y los distribuirá gratis a los pequeños agricultores. Más allá de los beneficios de reforestación y de la creación de puestos de trabajo en Rio Branco, los viveros aportarán una nueva fuente de ingresos a los residentes de la selva al comprarles las semillas. El objetivo a largo plazo es también pragmátic Dotto espera que Acre acabe teniendo 200.000 hectáreas de plantaciones de arbolado, cantidad mínima para sustentar una planta de celulosa y papel.

“Así que ya puede ver que Acre tiene una intensa vocación forestal”, comenta Dotto. “La frontera agrícola se detendrá en las fronteras del estado”.

Los estancias ganaderas son una de las mayores amenazas para la selva amazónica. Pero restricciones a nuevos pastizales y la administración adecuada de la ganadería existente pueden hacerlas compatibles con la conservación de los bosques.

Pero una economía basada en los recursos del bosque no se crea de la noche a la mañana. La misma selva crece y se regenera a su propio ritmo. Las industrias han de establecerse y hay que encontrar mercados. Los negocios no están acostumbrados a horizontes de inversión de 30 a 40 años, especialmente en una región con un historial de inestabilidad económica y política. Entretanto, la gente necesita trabajo e ingresos, y la cría de ganado es resultado de esa realidad económica. Dotto concuerda con Aguiar en que el ganado es perfectamente compatible con el futuro forestal del estado, siempre que los animales estén confinados en áreas deforestadas y el método de crianza sea intensivo. “El aumento de la producción ganadera en un área menor disminuye la presión sobre la selva”, dijo.

Pero en el análisis final, la elección entre una selva administrada y la ganadería —o la soja o cualquier otro cultivo— la dictará el mercado. “Estamos en una economía libre”, declaró Dotto. El ganado está ya allí, en la Amazonía, produciendo beneficios seguros a corto plazo. “La gente tiene que comer”, dijo. En cuanto a la soja, ese otro archienemigo de los ecologistas, Dotto concedió que “el riesgo es muy grande” de que esa cosecha pudiera establecerse en Acre. Brasil compite con Estados Unidos por el primer puesto mundial como productor de soja, de gran demanda en los mercados internacionales como componente de alimento para animales. Los campos de soja cubren ya grandes extensiones en otras partes del país. Estos rinden grandes beneficios para sus propietarios y generan las divisas que el país necesita para pagar sus deudas y fortalecer su balanza de pagos. Pero en Acre, dice Dotto, el cultivo de soja sería muy perjudicial porque no representa el uso óptimo de los recursos naturales del estado.

El bosque de Antimary, de administración estatal, además de producir madera, aloja a los mejores operadores de motosierra del estado de Acre.

Asociación forestal. En la administración forestal, el momento de la verdad es la tala del árbol y, más tarde, Dotto abrió el camino hacia el interior de la selva para mostrarlo con un ejemplo. Saludó a un hombre corpulento con una motosierra colgando de su mano. El hombre tiró de la cuerda, puso en marcha la sierra, aproximó la hoja al tronco y fue esculpiendo con cuidado la base del árbol para guiar su caída hacia el lugar donde menos dañara el entorno. En medio de una lluvia de virutas de madera, el árbol rechinó y cayó cuesta abajo, arrastrando consigo enredaderas y planteles.

El hombre de la sierra era uno de los 380 que viven en Antimary. En este caso Acre trata también de hacer algo innovador. En general, la primera tarea de un administrador forestal es sacar fuera a los residentes del lugar, como un agricultor haría al limpiar sus campos de malas hierbas. Pero FUNTAC considera que la gente es parte tan integral de Antimary como los árboles. Son socios de un mismo proyecto. Para demostrar su sinceridad, FUNTAC incluso proveyó a cada familia con una vivienda modesta pero sólida.

Antimary es al mismo tiempo escaparate de un negocio forestal sostenible y prueba de que la administración de los bosques puede beneficiar directamente a la gente local. Cada una de las 109 familias residentes ha recibido un documento que les otorga derechos sobre 300 ó 400 hectáreas de bosque, aproximadamente el equivalente al área de los pasillos establecidos en el pasado para cosechar caucho. El documento no es un título, por lo tanto no tienen derecho a vender la tierra.

Las familias deciden cómo explotar “su” tierra. Algunos prefieren no talar ningún árbol, pero la mayoría lo permite y recibe pago por los troncos extraídos. Ellos ayudan a seleccionar los árboles a talar. En muchos casos, una familia puede decidir ignorar los beneficios económicos de la tala de un árbol particular a favor de beneficios de largo plazo al dejarlo madurar y producir frutos que atraen a los animales que ellos suelen cazar. En total, se cosechan unas 42 especies de árbol, lo cual ayuda a mantener la composición natural de la selva. Esto contrasta con el método tradicional, en el que sólo se cosechan las tres o cuatro especies más valiosas de determinado bosque.

De una u otra forma, todos los residentes locales participan en las operaciones forestales. Algunos reciben capacitación en identificación de especies y técnicas gerenciales. Otros aprenden a operar las motosierras (Dotto resalta con orgullo que los operadores de motosierra de Antimary son los mejores de Acre). Aprenden a cosechar otros productos de la selva, como aceites, semillas para su venta a viveros, y el fruto de la palma Açaí, con la que se prepara una bebida aparentemente muy rica en hierro. “Mejor tecnología y calidad ayudará a que la gente mejore la calidad de sus productos”, comentó Dotto. FUNTAC ha ayudado a crear una cooperativa donde la gente puede vender sus productos. En el pasado, utilizaban un sistema de trueque para aprovisionarse, generalmente en condiciones desfavorables.

Aunque FUNTAC quiere reducir la dependencia en la explotación del caucho, de futuro económico incierto, no desalienta las actividades extractoras. De hecho, consultores de FUNTAC enseñan a los residentes cómo mejorar la calidad del látex y la forma óptima de almacenar las nueces de Brasil. “Nuestro objetivo son los usos múltiples”, dijo Dotto. “No sólo producción maderera”. Declara que las familias ahora disfrutan de mejores condiciones que antes. El promedio de ingresos anuales es hoy 7.500 dólares, o unas 10 veces más de lo que obtendrían con la cría de ganado y las cosechas.

Visión a largo plazo. Crear una economía basada en la explotación de la selva requiere más que visión, buena tecnología y una fuerza laboral adecuada. Incluso requiere más que la voluntad política (que en Acre no escasea). Exige estabilidad institucional y política en un plazo que corresponda con los ritmos de la misma selva. ¿Qué pueden hacer los defensores de una economía basada en los bosques para garantizar que las políticas a favor de la selva no cambien según los futuros vientos políticos?

Al final, el propio éxito de la administración forestal será el ejemplo más convincente para mantener las políticas de hoy. Entretanto, una serie de instituciones independientes partidarias de la administración forestal ayudarán a proteger a la selva de la política. Un ejemplo de estas instituciones se encuentra en los Consejos de la Selva en Acre, compuestos por funcionarios estatales y municipales, miembros de la comunidad y representantes de la sociedad civil. Otras instituciones han desarrollado también un interés a largo plazo en la administración forestal, entre ellas organizaciones de investigación como la agencia de protección medioambiental de Brasil y las universidades. En el propio Antimary, el Centro de Capacitación Gerencial recibe a universitarios con proyectos de investigación, fortaleciendo así la capacidad de la selva para protegerse de cambios futuros.

Una de estas instituciones es el Grupo de Trabajo Amazónico, que incorpora a más de 600 organizaciones no gubernamentales en nueve estados amazónicos de Brasil. Joci Aguiar, coordinadora regional del grupo, asegura que organizaciones como la suya pueden ayudar a ofrecer continuidad a programas que no necesariamente podrían ser prioritarios en la siguiente administración. “La sociedad civil persiste, los sindicatos también, las asociaciones siguen trabajando, las cooperativas también”, resaltó. “Insisten en mostrar los avances logrados. Ningún ciudadano de Acre quiere volver al pasado”, concluyó.

Más allá de las políticas, con toda certeza Acre experimentará un cambio profundo en los años venideros. Algunos cambios serán generados por la Carretera del Pacífico y por la BR-364. Dotto repite la opinión dominante en Acre de que la nueva infraestructura no debería verse como un reto sino como una oportunidad. “Las carreteras asustan a la gente”, dijo, “pero si están bien planeadas, y se adoptan medidas de protección al medio ambiente y a las comunidades, pueden resultar muy beneficiosas”.

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