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01-ene-2006

La Amazonía del mañana

En la frontera occidental de la Amazonía, un grupo de idealistas inventa una fórmula pragmática y firme de protección a la selva húmeda

Por Roger Hamilton

Una tarde, hace 18 años, Chico Mendes descendió la escalera de madera de su pequeña vivienda en Xapuri, en el estado amazónico de Acre, y caminó hacia su jardín. No llegó a ver al pistolero oculto detrás de un matorral.

Hoy, personas procedentes de todo el mundo visitan Xapuri para honrar a un personaje convertido en icono de la lucha en defensa de la selva húmeda, de sus residentes y de quienes allí trabajan. Pero el lamentar su muerte no impide celebrar el legado de Mendes. La historia de este cauchero hoy inspira a crear nuevos vínculos con la naturaleza.

El centro espiritual de Xapuri es la casa donde vivió y murió Chico Mendes. Allí no hay mucho que ver: la cama donde recostaron su cuerpo herido de muerte, la camisa que llevaba aquella noche y otros efectos personales y objetos de su hogar. Pero los visitantes se sienten en un lugar muy especial, casi un santuario. Al otro lado de la calle, en la Fundación Chico Mendes, se muestran los artefactos y distinciones acumulados por Mendes a lo largo de su vida y después de su muerte.

Xapuri ha cambiado mucho desde aquel día de 1988. Entonces, el estado de Acre era prácticamente el final del trayecto, uno de los rincones más remotos y descontrolados de la Amazonía brasileña. Hoy,  los visitantes que se dirigen a Xapuri disponen de una carretera asfaltada —la Carretera del Pacífico— que conectará, en un par de años, el corazón del continente con los puertos del Pacífico del vecino Perú. De ser un lugar atrasado y aislado, Acre se convertirá pronto en un centro neurálgico de la economía regional e internacional, con una población de 30 millones de habitantes y un radio de acción de 750 kilómetros.

Incluso el camino secundario a Xapuri está alfaltado, así como lo estará un camino de acceso que lleva a Cachoeira, la pequeña comunidad donde nació Chico Mendes. A lo largo de un segmento de la ruta recientemente pavimentado, el municipio ha plantado árboles de caucho como tributo a Chico Mendes y a la gente que le acompañó en sus años de lucha. La ruta se conoce como la “Carretera del Caucho”.

De leyenda a legado. Lo que ocurrió en esta pequeña comunidad hace cerca de dos décadas ha cambiado la manera en que la gente de Acre piensa sobre su entorno natural y el significado que tiene en sus vidas. En el pasado, a excepción de los indígenas y los extractores de caucho, la mayoría consideraba que la selva era un obstáculo hacia el progreso. Ahora, el gobernador de Acre y un grupo de funcionarios estatales, empresarios, líderes comunitarios y activistas se han unido en torno a una visión para crear un estado cuya economía y cultura estén definidas y sustentadas por sus bosques.

Es un concepto nuevo, y los funcionarios estatales inventaron un término nuevo para describirl florestania. Explican que la palabra ciudadanía ha echado raíces en la ciudad. Pero las raíces de Acre, según ellos, están en sus bosques, en la floresta, así que el ideal al que aspira la gente del estado es la florestania. Sea que los acreanos vivan en la ciudad, en asentamientos rurales, ranchos, o lejos de la carretera más cercana, su realidad dominante cultural y económica es la floresta, a tal punto que el gobierno estatal adoptó como símbolo un árbol.

El gobernador de Acre, Jorge Viana, reconoce que la inspiración para la florestania ha sido Chico Mendes (ver entrevista “Intentamos que los sueños se hagan realidad”). La avenida más importante de entrada a Rio Branco, la capital del estado, lleva el nombre de Mendes. La gente de la ciudad tiene a su disposición una pequeña muestra de la selva en el cercano Parque Ecológico Chico Mendes. Frente al capitolio, en el pequeño Parque de la Gente de la Selva, los campesinos se fotografían junto a la estatua de bronce de su héroe desaparecido.

Idealismo sin ideología. Viana aclara que florestania no es un mantra de ambientalistas arrebatados. Sus defensores son políticos veteranos, empresarios exitosos, ecologistas y personas que necesitan dar de comer a los suyos y mandar a sus hijos a la escuela. Son idealistas, no ideólogos. Sus métodos son pragmáticos, fundados en la sencilla convicción de que el recurso más valioso de su estado es la selva natural.

De hecho, los ambientalistas tradicionales se sentirían muy incómodos con algunos elementos básicos de florestania, como la tala de árboles, la creación de industrias de productos forestales o la promoción de algunos tipos de ganadería.

Por encima de todo, los ecologistas no podrían comprender cómo asfaltar una gran carretera puede ayudar a salvar los bosques. Cuando los funcionarios estatales acudieron al BID en busca de un préstamo para financiar parte del proyecto, el Banco se resistió en un principio. “El BID dijo, ‘Si construyen la carretera destrozarán los bosques’”, recuerda Gilberto Siquiera, secretario de planificación del gobierno estatal.

El BID estaba casi en lo cierto. En este tipo de entorno las nuevas carreteras casi siempre atraen asentadores y especuladores. De la selva se pasa a una agricultura basada en la quema del bosque para hacerlo pastizal. Las carreteras secundarias y terciarias llevan paulatinamente esa destrucción hacia el interior. El ejemplo más dramático de esta cadena de sucesos es la BR-163, una carretera que conduce desde Cuiabá a la ciudad portuaria de Santarém, en el río Amazonas. Esta ciudad fue noticia el pasado año a causa del asesinato de una monja estadounidense dedicada a la protección de los derechos de las pequeñas comunidades a lo largo de dicha carretera.

“Si [BR-163] no se planifica bien, podría provocar el caos social y medioambiental”, advirtió el año pasado Renato Farias, director de la Fundación Ecológica Cristalino, durante el encuentro de la Sociedad para la Conservación Biológica en Brasilia. Un objetivo importante de su grupo es salvaguardar a un parque estatal en la parte norte del estado de Mato Grosso del impacto de la nueva carretera. “Sin buena planificación, la carretera beneficiará sólo a la gente influyente y a los nuevos asentadores, no a los residentes actuales”. Vitória Da Riva Carvalho, la fundadora de la fundación y propietaria de un albergue ecológico, añadió que la falta de protección está convirtiendo su estado en un “enorme campo de plantaciones de soja”.

Pero esto no ocurrirá en Acre, declaró al BID el secretario de planificación Siquiera. “Hemos dicho que la única manera de que la administración forestal sea viable es crear infraestructura de transporte confiable. Dijimos: ‘Si construimos la carretera, la selva se mantendrá en pie porque nuestra economía está basada en los bosques’”. El BID respondió con la aprobación de un préstamo por 64,8 millones de dólares para el proyecto de pavimentación. El préstamo exige normas de protección de la selva lindante con la carretera por medio de medidas entre las que se cuenta la creación de parques estatales.

Este gran experimento en Acre, y la inversión del BID en el mismo, podrá tener repercusiones más allá de las fronteras estatales. Viana, Siqueira y otros funcionarios estatales reciben un flujo constante de visitantes de otros estados de la Amazonía y más allá. El gobernador Viana presiona también a sus homólogos de los países vecinos para que protejan sus bosques antes de construir nuevas carreteras.

Pero conocer la existencia de florestania es sólo una parte. La verdadera manera de enterarse de cómo Acre está transformando esta visión en realidad es viajar por el estado, desde la capital de Rio Branco, a través de las estancias de ganado, selvas estatales y privadas, reservas indias y comunidades de agricultores de pequeña escala y residentes de la selva, para acabar en la ciudad portuaria de Cruzeiro do Sul (ver artículo “Una carretera que los ecologistas podrían aprender a apreciar”). A lo largo del camino hay muchas personas con historias propias. Todos ellos son parte de florestania.

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