Detalle de Bodegón en Amarillo
de Alejandro Obregón

 

Aunque en los años treinta sí hubo un deseo, común en las naciones de América, de liberar el papel social de la expresión artística del parentesco estrictamente formal hacia el cual el arte de Europa Occidental parecía inclinarse cada vez más, para volcarlo sobre una realidad más específica de América Latina, en Colombia muchas de estas expresiones, a pesar de su fuerte contenido regional, no obedecían necesariamente a una agenda de orientación nacionalista.

En algunas de estas manifestaciones, tanto en Colombia como en otros países, era palpable la admiración de los artistas hacia el Muralismo mexicano. Todo ello alternaba y convivía con otras manifestaciones que enfáticamente mantenían connotaciones locales, y satisfacían un público de gusto más provinciano.

La separación entre la generación de los años 50 y la que le precedía no fue tan violenta como otras situaciones recurrentes de la historia colombiana, aunque no pudo evitar confrontaciones de lado y lado. Tampoco se llevó a cabo orquestadamente, aunque en algunos momentos tuvo fuertes disonancias, las cuales no fueron ignoradas por los cenáculos intelectuales, o la prensa escrita y hablada, incluyendo la recién inaugurada Televisora Nacional.

Además tuvo, por primera vez en el devenir histórico del arte colombiano, una teórica educada escolásticamente que se comprometió voluntaria e incondicionalmente con dicha generación, y quien además se encargó de conceptualizar los avances y contextualizar sistemáticamente los logros, extrañamente en un momento en que el país atravesaba por una profunda crisis socio-política. Dicha teórica fue la crítica e historiadora argentina Marta Traba.

La personalidad y labor de Marta Traba permanecerían amalgamadas a este grupo de artistas que son quienes señalan el inicio de la contemporaneidad del arte colombiano en el siglo XX. Nacida en Buenos Aires, educada allí y en Europa, su llegada a Colombia ­ cuya ciudadanía adquiriría más tarde ­ como esposa del notable periodista capitalino Alberto Zalamea, incidiría dramáticamente en el destino de la generación a la cual se encargaría de promover, a menudo defender, y finalmente, imponer inclusive a costa del menosprecio de la generación anterior, impactando profundamente además el acaecer futuro de las artes del país.

Mirando dicho instante dentro del espacio que concede la historia, tiene mucho más sentido ahora entender que fuese una extranjera y no un nacional quien se encargase con efectividad de arremeter contra los reductos del conservadurismo artístico que involuntariamente pareció alinearse con el status quo de la dictadura, la oficialidad estatal, y la burocracia política, en un momento en que la intelectualidad colombiana estaba dispuesta a abrirse a la asimilación de otras influencias.

En la propagación de esta dialéctica, Marta Traba hizo alarde de una obstinación sin paralelo en arengar un discurso cuya credibilidad, al igual que el trabajo de los nuevos artistas, se sostenía básicamente en la necesidad de cambio. El cambio, sin embargo, no podía quedar contextualizado solamente dentro de la realidad del país, y allí estriba una de las diferencias radicales con la generación anterior.

Si a ello se añade una tremenda convicción, y una rapidez mental para responder con extraordinaria velocidad en la articulación de la palabra con la idea y neutralizar cualquier argumento en su contra, sobre todo en la arena pública, es fácil deducir el prestigio adquirido por Marta Traba en el ejercicio de la crítica, la cual le ganó el respeto y en otros casos el apoyo de varios sectores de la intelectualidad bogotana, la admiración casi incondicional de la población académica, pero también el desprecio de quienes aun habiendo contribuido en el pasado fueron descalificados y dados de baja ­ algunos antes de tiempo ­ en las trincheras de la práctica artística.

La separación entre generaciones produjo una nueva diversidad conceptual y estilística en los caminos escogidos por los nuevos artistas. A este respecto lo único que parecieron compartir ­ como resulta obvio al contemplar las obras de ellos incluidas en la presente exposición ­ fue la motivación por crear lenguajes visuales de proyección internacional. Si bien algunas corrientes visuales podrían reclamarse ­ siquiera parcialmente ­ como patrimonio de Europa Occidental, la geometría concreta y el cubismo, por ejemplo, había otros que les resultaban más propios, como la simbología precolombina, la geografía y la cultura popular, para citar tres entre muchos, evidentes en la obra de los artistas que aquí se consideran.

De igual manera, cada artista se dio a la tarea de identificar situaciones culturales que, sin descartar el posible carácter de Colombianidad que se ha mencionado anteriormente, poseían la capacidad de establecer una comunicación con la sensibilidad a diferentes latitudes, rompiendo cualquier demarcación parroquial, y proyectando inquietudes y preocupaciones que resultaban universales para aquellos destinados a encarar los desafíos que las artes exigían para traspasar con paso firme el umbral de la segunda mitad del siglo.

Algunas de las características singulares de los integrantes de esta generación, además del extraordinario talento individual, fueron y son: el alejamiento definitivo de las secuelas del Muralismo mexicano; la disimilitud formal entre los lenguajes visuales por cada uno de ellos desarrollados; la independencia de criterio para acometer el trabajo personal con fuerte conciencia del presente; el criterio ecléctico y selectivo en la utilización de fuentes visuales conocidas por la historia y la filosofía del arte; y la extraordinaria capacidad para asimilar a nivel individual y en corto tiempo, los principios estéticos que habían constituido la dinámica de los cambios experimentados en las artes del siglo veinte. Algunos de estos cambios no pertenecían necesariamente a las tradiciones culturales colombianas, o su evolución ideológica y artística, aunque resultasen familiares por los procesos de transmisión coloniales.

En necesario señalar, no obstante, que a lo largo de la historia, pero con más evidencia en el siglo XX, el arte colombiano, incluyendo el producido por sus artistas más originales, ha demostrado tener poco interés por unificarse generacionalmente, e identificarse con tendencias o estilos particulares producidos en otros lados, menos aún con aquellos de marcada aceptación en la escena internacional, como fue el comportamiento durante los años cincuenta del arte venezolano o el argentino, por ejemplo, en cuanto a la asimilación de los principios del arte concreto y la abstracción informalista.

El cambio de dirección tomado por el arte colombiano gracias a sus artistas en el inicio de la década del 50, a juzgar por sus resultados, no tiene similitud en ningún otro país de América del Sur. Apoyados en la propia historia, fuese para rechazarla o mantenerla como referencia, pero apoyados también en los avances de la primera globalización de las artes experimentada en el Hemisferio, los artistas colombianos, entre ellos los cuatro que nos ocupan, representan cada uno dentro del arte continental un nuevo punto de partida, que se produjo cuando en distintos momentos a lo largo de la década de mitad de siglo regresan al país, uno a uno, después de haberse nutrido en las fuentes del arte occidental, para confrontar dichas fuentes con las propias, y analizar tanto los componentes como el producto resultante de la sincretización cultural producida por el colonizaje.