Puntos de partida
en el arte contemporáneo
de Colombia

 
Ricardo Gómez Campuzano
Calle de Cartagena de Indias,
1944
Museo de Antioquia

 

Pedro Nel Gómez
Autorretrato,
1949
Biblioteca Luis Angel Arango,
Banco de la República de Colombia

 
José Domingo Rodríguez
Caballo,
undated
Museo de Antioquia
Ignacio Gómez Jaramillo
Espalda,
sin fecha
Biblioteca Luis Angel Arango,
Banco de la República de Colombia

Carlos Correa
Naturaleza en Silencio,
c. 1959
Museo de Antioquia
 
 Pedro Nel Gómez
Grupo de Barequeras,
1955
Casa Museo Pedro Nel Gómez

 
Ignacio Gómez Jaramillo
Retrato de los hermanos de Greiff,
1940
Museo de Antioquia

 

 

 

Hasta finales de los años cuarenta, las artes visuales en Colombia presentaban en sus distintas manifestaciones abundancia de expresiones figurativas. Fuera de algunas excepciones, la abstracción era prácticamente inexistente en el repertorio de los artistas. Algunas de las mencionadas expresiones figurativas eran razonablemente modernistas, mientras que la abstracción en cambio no era de avanzada, sobre todo si se compara con el arte europeo o norteamericano de la postguerra.

Al comienzo de la década de los cincuenta, el trabajo de un grupo de artistas colombianos, entre quienes se cuentan Alejandro Obregón, Enrique Grau, Edgar Negret y Eduardo Ramírez Villamizar, puso en evidencia el interés de una nueva generación por renovar las artes nacionales. La mayoría de ellos habían iniciado en la década anterior su formación en Colombia, pero sería durante la década del cincuenta cuando consolidarían las búsquedas y madurarían los conceptos, enfatizando las diferencias y el desenganche con aquellas ideas propias de quienes les precedían.

La realidad de los años cuarenta

El movimiento artístico colombiano durante los años cuarenta, aunque centralizado en la capital, Santafé de Bogotá, no se limitaba exclusivamente a esta ciudad. La complicada geografía colombiana, que jugó un papel definitivo en la formación y evolución de las culturas precolombinas que existieron en el territorio, la naturaleza de los asentamientos humanos ocurridos durante la colonia que aun después de la independencia proveyó a las provincias de relativa capacidad de acción, y la falta de interacción entre dichos grupos sociales continuaron manteniendo vivas, a veces como suspendidas en el tiempo, características zonales que le han impreso a la idiosincracia de Colombia una heterogeneidad cultural que ni siquiera las telecomunicaciones han logrado disolver.

Santafé de Bogotá, a pesar de su relativa buena fama como ciudad culta y la estratégica posición geográfica de Colombia (disminuida considerablemente desde la pérdida de Panamá en 1903), estaba fuera de alcance en el intercambio intercontinental que tradicionalmente, en comparación, disfrutaban las ciudades-puertos como Buenos Aires y Montevideo, São Paulo y Río de Janeiro, Caracas, e inclusive La Habana.

Aparte de ello, habría que añadir como componentes del momento histórico que aquí se ocupa, la carencia de una figura de proyección continental como era el caso en Nueva York con el chileno Roberto Matta, en París el cubano Wifredo Lam, o en México con los Muralistas. Mucho menos, el arte nacional podía disponer de una población artística hetereogénea, de carácter cosmopolita, emigrada a las Américas como consecuencia de la Segunda Guerra, como pudo ser el caso con Brasil y los Estados Unidos.

Algunas regiones experimentaron la modernidad más temprano que otras. La ciudad de Medellín, por ejemplo, convertida desde los años veinte en el centro industrial más importante del país, fue el epicentro de un grupo de artistas que, emulando en algunos aspectos al movimiento mexicano de los años 20, constituían en ese momento -con bastante probabilidad ­ la tendencia muralista más intensa en las Américas fuera de México. A la cabeza de esta corriente se encontraba Pedro Nel Gómez. El espíritu renacentista de este prolífico creador le había llevado a practicar con éxito no solo disciplinas tradicionales como el dibujo, el óleo, el fresco, la acuarela, la talla en piedra, madera y mármol, y el vaciado en bronce, sino la arquitectura y la ingeniería, además de la docencia. Medellín asimismo había aportado a las artes nacionales un grupo importante de escultores, como Marco Tobón Mejía y José Horacio Betancur.

Pedro Nel Gómez había sido anteriormente un renovador de las artes nacionales. Batallando prácticamente solitario, con una gran paciencia en un medio bastante limitado, había avanzado admirablemente por encima del gusto académico tardío con el cual la todavía muy nueva pequeña clase urbana, comercial e industrial ­ en oposición a la agrocampesina ­ y el Estado parecían encontrarse satisfechos. Pedro Nel Gómez logró con su trabajo penetrar las esferas oficiales y económicas, a juzgar por la magnitud, el número e importancia de las comisiones a él asignadas a lo largo de su carrera.

El Autorretrato con Sombrero ­ prenda que usó hasta su muerte en 1985 ­ realizado en 1941, es prueba fidedigna de su talento y visión, pero también delata su familiaridad con los trabajos de Gaugin y Van Gogh, de la misma forma como el excelente Autorretrato fechado en 1949 pone en evidencia su admiración por Cezanne, y su extensa serie de Barequeras tiene un parentesco lejano con la obra de José Clemente Orozco.

En los años treinta el escultor más importante, Rómulo Rozo, quien vivió un largo tiempo en México, produjo una obra de significación nacional. Casi de la misma generación y considerado segundo en importancia es José Domingo Rodríguez ­ autor de Caballo, bronce que se incluye en la muestra. La escultura como expresión de alegorías nacionalistas se prolongaría hasta los años setenta con la obra anacrónica y monumental del también antioqueño Rodrigo Arenas Betancur.

Otros artistas, como por ejemplo Ignacio Gómez Jaramillo, autor de dos obras que hacen parte de esta muestra, el Retrato de los Hermanos de Greiff y Espalda, pueden ser considerados modernistas desde cualquier ángulo. Uno de los pocos que se atrevió a enfrentar abierta ­ y despectivamente ­ a Marta Traba, Gómez Jaramillo logró desde temprano en su carrera desarrollar un estilo personal, progresista, cuya competencia denotaba además de su excelente escuela y rigor estético, un compromiso profundo con la profesión de artista, un sincero amor por su tierra natal, y una auténtica compenetración con las realidades y peculiaridades del país.

Algunos más veteranos, como el paisajista Ricardo Gómez Campuzano, permanecían fieles a su formación generacional, permeables a las influencias postimpresionistas y con rezagos de la academia, como lo ilustra su proficiente pintura Calle de Cartagena, realizada en 1944. Inclusive el grabado contaba con practicantes de gran interés como fue el caso de Pedro Hanné Gallo. Más escasos ­ aunque no únicos ­ eran los artistas que, como Carlos Correa, autor de Naturaleza en Silencio, pero sobre todo Débora Arango, desarrollaron un expresionismo irreverente, de ácidas connotaciones sociales y recalcitrante crítica religiosa, moral y política, que les ocasionó un ostracismo involuntario, el cual en el caso de doña Débora se prolongó por varias décadas.

Unos pocos, como Alipio Jaramillo, una vez que se sintieron desplazados por la nueva generación dejaron simplemente de trabajar. Naturalmente, hay muchísimos otros, pero los mencionados sirven en este caso como una referencia para entender el caso de los artistas que nos ocupan.

Hasta ese momento, el final de los años cuarenta, sin embargo, el grupo dominante de los artistas colombianos parecía adherise con bastante comodidad a los derroteros -distanciados, aunque no separados del todo ­ trazados en armonía con la estética entronizada por el Muralismo Mexicano, llegando hasta la ilustración Déco, como se observa en las obras de Santiago Martínez Delgado, o los diseños publicitarios de Sergio Trujillo Magnenat. La influencia del arte europeo llegaba hasta Cezanne, a veces inclusive vía los mexicanos, especialmente Rivera, pero se detenía abiertamente, por timidez más que desconfianza, en los umbrales de Braque y Picasso.

Con todo esto en consideración, es fácil entender como un caso aislado al alemán Guillermo Wiedemann (1910-1969), autor de Remeros, quien se trasladó a Colombia en 1939. Confirmando el desinterés generacional por trabajar sobre bases comunes, el trabajo de Wiedemann permanecería casi impermeable a las modas a lo largo del resto de su carrera en Colombia, aun cuando abandonando la figuración desarrolló una pintura de impronta geométrica, que sin embargo conservó la natural sensibilidad expresionista del artista. El trópico colombiano fue sin embargo para Wiedemann más fuerte que cualquier ortodoxia.

Iniciadas desde temprano en la década de los años cuarenta, la creciente inestabilidad social y las rivalidades políticas de los partidos tradicionales que querían controlar el aparato de poder, sobre todo dentro del campesinado de las zonas más estratégicas, eran más que una coincidencia. La incapacidad de los partidos tradicionales para nivelar los problemas del país empujaban a Colombia, que se preciaba de contar con la tradición democrática más sólida de América Latina, hacia una crisis sin precedentes que se iniciaría, en una virulenta segunda etapa, con el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán y el subsiguiente "Bogotazo" de 1948, continuaría con la proclamación de la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla en 1953 (promovida inicialmente por los partidos políticos), y culminaría con su desastroza caída en 1957.

No es por lo tanto extraño que muchos de estos artistas emplearan dichos años alternando sus estadías en Colombia y en el extranjero, ya sea prefeccionando conocimientos o exponiendo sus trabajos. Hay que decir en beneficio del país, no obstante, que en la clase intelectual y artística, la preocupación de los colombianos iba más allá de aspectos estilísticos o ideológicos. Es evidente que había un orgullo profundo y una conciencia por definir lo que podía ser una condición de Colombianidad diferente culturalmente al resto de América Latina, además de un marcado sentimiento de individualidad creativa. En la mayoría de los integrantes del sector artístico, estos dos factores parecían -o al menos simulaban- estar despojados de complejos culturales, como puede apreciarse en los escritos de Fernando González y el poeta León de Greiff, lo cual no era el caso en otras naciones suramericanas.

 

Pedro Nel Gómez
Autorretrato,
con Sombrero
1941
Museo de Antioquia